Lo que queda de ayer

Ciudad de México /
JORGE F. HERNÁNDEZ

Se funden todos los pretéritos al atardecer en óleo de Velázquez. Madrid se mide andando y por la distancia que separa cada hogar de la querencia monumental del estadio y el Bernabéu se confirma como kilómetro cero cuando se reúnen miles de almas blancas (con o sin boleto o entrada) para recibir a los héroes que llegan escoltados por una cuadra de caballos al trote, custodiando el carruaje que navega entre la multitud ahora que todos llevamos la camiseta… y en tiempos donde la mayoría venía de mono azul o corbata al cuello, en blanco y negro.

Di Stefano fuma un pitillo en cuclillas al filo de la banca, allá en el área sigue el vuelo invertido de Hugo Sánchez y en el pequeño recuadro la gambeta con cambio de velocidad de un tal Butragueño. Pasa Gento como flecha y Marsal memoriza su propio gol en el espejo helicóptero de Santillana, mientras Gordillo se ajusta las medias al tobillo sin espinilleras. Zidane ejerce la coreografía más bella sobre cualquier prado mientras se arma la imagen apocalíptica de Figo, Beckham, Ronaldo y Raúl en abierta estampida de frente hacia la endeble defensa de un equipo que juega con remera a rayas donde cada uno se ha cagado de miedo. Rompe el muro del tiempo un trallazo de Roberto Carlos y otro más que rebota en el pecho de Cristiano para sacudir todas las marcas y la mano de Benzema que parece aletear con cada cambio de juego que propone Modric o ese nuevo káiser llamado Kroos y quisiera mencionar a todos y cada uno de los duendes que han vestido la camiseta del Real Madrid: la samba de Vinicius, la mirada al cielo de Rodrigo… Nacho y Carvajal, la ola de sombras que proyectan Camavinga, Rüdiger y ese Tchouameni.

No alcanzan los párrafos para la nómina entera ni para cada uno de los niños que deambulan por todas las calles de Madrid, los millones de niños jubilados y subempleados, las miles de mujeres con o sin escoba, con y sin reconocimiento a su labor en las horas de un día de Madrid, del Real Madrid que juega en verso sobre un campo de estrellas para alivio del mundo donde todo lo demás parece que duele, aliviada la memoria y el tedio con el milagro recurrente de once ángeles de blanco que trazan la secreta geometría de un balón sobre el inmaculado prado verde de la utopía y todo, absolutamente todo sabe a aceituna y jamón de camiseta, a espuma de mar tan lejos de la playa sobre la piel tatuada de grandeza… porque así… así gana el Madrid.


  • Jorge F. Hernández
  • Escritor, académico e historiador, ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por Noche de ronda, y quedó finalista del Premio Alfaguara de Novela con La emperatriz de Lavapiés. Es autor también de Réquiem para un ángel, Un montón de piedras, Un bosque flotante y Cochabamba. Publica los jueves cada 15 días su columna Agua de azar.
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