Agua de azar

Los adioses

Jorge F. Hernández

Cada vez me cuesta más sudor de tinta salada despedirme de escritores, artistas, amigos y parientes; se me llenan los párpados de mar y me tiemblan las yemas de los dedos: la pluma se va arrastrando como un velero triste sobre la hoja en blanco y el teclado deja su taquicardia de costumbre y va hilando sílabas en lenta procesión. Se van los que siempre se van antes y se van los que podría jurar que ya eran eternos desde que los vi o leí por vez primera; se van los que no deberían irse y van volando a las nubes los que más falta le hacen a la tierra o al mar, a las ramas secas sobre el pasto verde o a la fruta sin nombre que parece iluminar la sombra de su árbol.

Duelen las despedidas, y más cuando entre los dolientes se asoman plañideras impostadas, oportunistas del luto que aprovechan el duelo para informarnos a los demás cómo conocieron al difunto y de cómo influyó —o intuyó— su propia obra o sus méritos intachables y hablan de ellos pero no del ausente y nos hacen enterarnos de sus dolencias, sin respetar el latido de la ausencia.

En algún remanso de 1772, Franz Joseph Haydn dirigía la real orquesta del príncipe Nicolás Esterházy. De hecho, Papá Haydn y los maestros con sus atriles vivían en el palacio de verano del príncipe —llamado por ello, Esterháza— mientras sus familias vivían en Eisenstadt, a más de una jornada de distancia. Según coinciden Georg Griesinger y Albert Christoph Dies (ambos biógrafos de Haydn) la temporada había sido extenuante, pero el retiro al final de la primavera y el verano que se prolongaba ya tenía impacientes a los músicos, ansiosos por reunirse con sus familias, ya en Eisestadt o más allá. Apelaron a la batuta y convencieron a Papá Haydn de solicitar el merecido descanso y poder reunirse con sus familias.

El príncipe Estherházy había encargado a Haydn una nueva sinfonía (la número 45 en la invaluable nómina de Haydn), para el pleno verano. Se conservan en el archivo de Esterháza los documentos que prueban que Haydn encargó unas especiales extensiones metálicas para que dos trompetas pudieran alargar sus notas en semitonos y consta en la partitura original que el inmenso genio optó por musicalizar la justa petición de sus músicos, en vez de pedir de viva voz al príncipe el permiso vacacional. Compuesta para bajos dobles, quién sabe cuántos chelos y violas y por lo menos dos secciones de violines, la Sinfonía 45 de Haydn vuela también con dos oboes, esas dos trompetas ya mencionadas y un fagot o bassoon, y se divide en cuatro movimientos: Allegro assai, Adagio, Minuet y….

Un Finale presto donde cada uno de los músicos fue leyendo en su respectiva partitura el salvoconducto laboral que aliviaba sus vidas: Haydn había compuesto el movimiento final de la 45 indicando que uno por uno los músicos llegarían a un Finale personal e intransferible, donde se les indicaba por escrito que se levantaran de su silla, apagaran la vela del atril y se retiraran a las bambalinas, lejos del escenario donde la música se iba quedan poco a poco sin músicos, ausencia por goteo, hasta el sublime semivacío en que solo quedaron tocando el propio Haydn y Luigi Tomasini, dos violines en medio de penumbra, dos voces de cuatro cuerdas cada una que enviaban el silente mensaje que entendería perfectamente el príncipe Esterházy: necesitamos irnos de este palacio veraniego porque necesitamos reunirnos con nuestros afectos ausentes… se acabaron las respectivas notas de nuestro personal pentagrama y hemos de apagar la vela que cada uno prendió desde el principio.

Bien visto, lo anterior es metáfora aunque la anécdota sea verídica. Me intriga que en inglés, la Sinfonía 45 de F.J. Haydn se conozca como la de “El adiós” (en singular), mientras que en español la hemos pluralizado y conocemos como la sinfonía de “Los adioses”. ¿Será porque sumamos a todos nuestros muertos en una sola página del alma? ¿Será por la cantidad de muertos que nos rodean, cada vez más, cada año? Quizá sea que los adioses se acumulan en un mar de lágrimas donde cada una de las gotas es transpiración de ausencia y entrañable memoria de recuerdos vivos, de instantes irrepetibles que han de congelarse en la memoria para siempre como una sinfonía que repta por las nubes de la noche, iluminándose como velas cada una de las estrellas que se van apagando —una por una— con nuestro duelo, hasta llegar al duelo entre dos violines como dos voces que llevan la sinfonía al sueño final: dos voces en diálogo lánguido que son como la última mirada que le guardamos a cada uno de nuestros muertos al mirarlos por última vez.

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