Maylou

Ciudad de México /

La mitad de su nombre es el de mi madre, aunque ambas son Marías de Lourdes como sus hijas y nietas… y también el nombre de mi abuela. Si alguien no tiene hermana al leer este párrafo, sugiero la consiga cuanto antes; no creo que haya sombra más generosa ni cariño tan incondicional e infalible como la solidaridad incansable, el acompañamiento sin rodeos y el rescate físico y emocional de casi todos los días que ha ejercido mi hermana Maylou conmigo desde que me alcanzó en la primaria. Por lo mismo, mi paso por los dos primeros años de vida en la nieve y el largo año de un kínder que parecía aula de principios de siglo XX tienen un notable vacío que se rellenó de Sol en cuanto mi hermana empezó a ir a mi escuela en el Bosque, de mi mano y por unos senderos entrañables que se alineaban bajo un techo de todos los verdes. Nos íbamos por veredas que se lograban escampar cuando caía nieve, pero que el resto del año se pintaban con hojas rojas y amarillas, montones de hojas secas y ocres que pateábamos al aire con el riesgo de que nos llamara la atención el cansado propietario que las había amontonado como antesala del invierno.

Jorge F. Hernández

Me enternece recordar que cuando sonaba la campana de salida para los alumnos de primaria, me acercaba al aula de mi hermana como si ya fuera yo adulto e invariablemente la recogía recién levantada de la siesta (que era una de las materias preferidas de su kínder). Vivíamos en un Bosque poblado de conejos, ardillas, pocos venados y aves de todos los colores… en otro idioma y mundo ajeno al que poco a poco pensaba volver nuestra madre luego de haber sufrido la cornada de una trombosis cerebral que le provocó el olvido de sus pretéritos. Mi madre salió del Bosque de su amnesia con el alivio y extraño aliento que le infundía mi hermana con sus ocurrencias interminables: un idioma secreto que acostumbraba convertir en canciones cuando iba al baño, el afán coquetísimo de simular que fumaba cigarrillos de aire con sólo juntar sus deditos o pasear todas las tardes a su perrito invisible arrastrando su correa por todos lados. Hoy cumple años mi hermana y quiero celebrarla con la infinita gratitud que le deben casi todos mis párrafos, pero sobre todo que así como me fue escudera fiel tantos años, así sigue siendo mi salvavidas de todos los días… y yo no sé qué sería de mí sin Ella.


  • Jorge F. Hernández
  • Escritor, académico e historiador, ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por Noche de ronda, y quedó finalista del Premio Alfaguara de Novela con La emperatriz de Lavapiés. Es autor también de Réquiem para un ángel, Un montón de piedras, Un bosque flotante y Cochabamba. Publica los jueves cada 15 días su columna Agua de azar.
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