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Ciudad de México /
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He visto a dos besarse en medio de una tormenta eléctrica. Sin importar el diluvio, se besan sin revelar si es despedida o re-encuentro y ni modo de preguntarles. Me alejo sin prisa y descubro que me viene siguiendo un perro. Un perro amarillo que quizá desea que lo lleve a casa, ambos empapados en silencio.

La tarde se volvió noche salpicada por centellas. Me refugio en un quicio para esperar nada y escucho las voces que salen desde una ventana: parece una necia discusión no exenta de carcajadas y de pronto se escucha que han roto un vidrio, no de ventana, sino jarrón quizá de cristal cortado. Quizá se cortó un jarrón de cristal ya cortado para imponer un silencio de lluvia que a su vez se interrumpe minutos después con una música estridente que sale de esa u otra ventana.

En la parada del autobús una enfermera obesa llora a solas. Sus zapatos de uniforme aséptico han quedado enlodados y dan ganas de abrazarla. Sin razón alguna decido subirme al transporte que la recoge bajo el chubasco y viajo ensardinado entre semejantes envueltos en un pesado olor a humedad y humildad. No sé a dónde se dirige la nao, pero he decidido oscilar entre cuerpos y caras cansadas hasta el final de la ruta; ¿será que pasemos por un portal invisible y arribemos en un microclima totalmente diferente donde el sol más inmenso nos seque el alma en un suspiro?

Camino entonces por calles desconocidas. Parece incluso que me mudé de ciudad. No hay nadie a la vista y el eco callado de la mente parece redactar en gerundios inexplicables la detallada descripción de las fachadas, tres macetas y un gato negro que se revuelca consigo mismo, jugando con su sombra.

A lo lejos oscilan unas luces que acentúan la oscuridad seca. Parece rumbo y espero llegar a un local que venda café y al llegar descubro que los cuatro o seis comensales no son más que fantasmas intocables. Mudos, con la mirada perdida, salvo el estrábico que me sonríe como si me conociera de siempre… y sí, hay un cierto escalofrío en cuanto me jala de la manga de la camisa un niño con ojos vacíos; en una mano lleva una cajita de chicles de otra época comercial y en la otra, una tira de billetes falsos de lotería. Estoy a punto de elegir un número cabalístico cuando despierto sudando.

Todo esto no ha sido más que fermento de sueño entrelazado con lecturas enredadas. Todo esto no ha sido más que placebo de prosa que me sirve de salvoconducto y pasaporte: he logrado milagrosamente abstraerme del estiércol cíclico y el ruido incurable de la inmensa confusión —a veces hiriente— que llamamos realidad.

Jorge F. Hernández


  • Jorge F. Hernández
  • Escritor, académico e historiador, ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández por Noche de ronda, y quedó finalista del Premio Alfaguara de Novela con La emperatriz de Lavapiés. Es autor también de Réquiem para un ángel, Un montón de piedras, Un bosque flotante y Cochabamba. Publica los jueves cada 15 días su columna Agua de azar.
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