Agua de azar

¿Qué pasa?

Jorge F. Hernández

Aveces pasa como una brisa y se me queda mirando con reclamo y al día siguiente, vuelve a pasar —disimuladamente— sin mirar por dónde pisa. Va al paso y se distrae con los nombres de las calles y los gestos de los mendigos; se detiene y de pronto, acelera como si se tatuara la piel con la sombra de los árboles, cada una de las hojas como las nubes que se imprimen sobre los lomos de las vacas en el campo y se detiene en la esquina para girar —lentamente— y mirarme con ojos de dardo.

De noche, deambula sin rumbo y se cruza con varios párrafos en sentido contrario y deshace las sílabas incómodas de todo lo trillado. Al parecer, sonámbula. Callada, muda, además; y con un cierto resplandor en las pupilas de gato que quizá iluminan sus pasos de madrugada hasta el amanecer siempre incierto en que vuelve a caminar por la misma calle arbolada donde se cruza con quien intente sobrellevar una rutina sin adjetivos.

En realidad, nadie asegura conocerla y sin embargo, muchos jurarían saber su nombre y dirección. La comparan con familiares y evocan situaciones incómodas; es la misma esencia impalpable que se ha encarnado en algunas páginas de libros tediosos y en las largas sobremesas de tanta gente que no sabe en realidad de qué habla o por qué opina. Se ha manifestado en los cuadros más horrendos de los museos de la penumbra y en foros teatrales subterráneos que retumban con cada paso de los trenes del Metro; es como el verso más innecesario en el rosario de la épica anónima y es como un poema deshilachado que alguien escribió en la pared de un baño público. Es y no es lo que pasa a tu lado en las filas de la carnicería o en la peregrinación consuetudinaria de las verduras y legumbres. Es y no es la desesperación de los reclamos de ayer y las peticiones de mañana, la deuda impagable y la inversión impalpable en negocios fantasmas. Es y no es la historia oficial y los dictados de una maestra rural en una palapa donde los niños aprenden a sumar con números en la arena y es el sendero que conduce directamente al único riachuelo de agua más o menos potable en un paisaje absolutamente desconocido.

Es la Nada y Nadie que se asoma en el espejo de ciertos atardeceres como murmullo de los muertos más queridos y aviso de lo por venir. Es Nadie y la Nada, pareja de baile de la canción más personal de la íntima soledad y la que de vez en cuando se cuela en la saliva cuando alguien pregunta ¿Qué pasa?

Nada que parece no cambiar en los grandes letreros de la publicidad y Nadie en el anverso de una inmensa manta donde intentaron deletrear las novedades del mundo; Nadie que no sepa que hay alguien, anónimo, alcohólico y andante que intenta mantener una callada serenidad ante toda la turbulencia del ruido callado en derredor y Nada que no espante la calma de los ancianos que dormitan en pantuflas a veinte metros del callejón donde un joven se defiende de un robo a mano armada. Nada que no se pueda intentar escribir para memoria de todos y Nadie que quede en el recuerdo, como un viento leve que roza los hombros de quien se sienta a escribir al filo de la ventana el agua de la semana en tinta morada con la secreta ilusión de que confirmar que allá afuera hay alguien que lee.

Pasa como una página al vuelo de este mismo periódico que ha de volverse amarillo con la nota roja y como la página nona donde un párrafo deja una línea viuda por error del tipógrafo; es la palabra innombrable que se cortó en tres sílabas y se traduce a casi todos los idiomas con el sinónimo del silencio y la tersura del olvido. Es nada menos que la Nada y nadie como Nadie, anhelo de encantadores y tormento de los ociosos, arcángel de los plagiarios que pueblan el foro y acompañante de los que no necesitan ostentar sus credenciales acrobáticas. Es eso: Nada y Nadie en un jueves cualquiera donde se podrían escribir tantas salivas en una queja o en un reclamo, en párrafos hilados para celebrar el fantasma de un poeta o elogiar el legado del más inmortal de los novelistas y —sin embargo— es Nadie y la Nada que inunda el teclado para humildemente recordarnos que aquí no ha pasado Nada… y a Nadie le interesa.

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