Agua de azar

Tlalocan

Jorge F. Hernández

Aunque sabemos que Miguel León-Portilla heredó el infatigable interés por la más remota piel de Mesoamérica a través de Manuel Gamio o del evangelio nahuatlato del padre Ángel María Garibay, no es descabellado afirmar que en realidad nació en lo que ahora llamamos febrero del año 1517, dos años antes de la llegada de Cortés y sus Compañeros en Ce-Acatl y, por ende, desde muy pequeño testigo fiel y traductor al castellano de todo el papel amate donde voces anónimas dejaron constancia de su propia versión de la Conquista, Visión de los vencidos tituló a todo eso León-Portilla como pulido espejo que refleja y refracta lo que escribió el Capitán Cortés en por lo menos cinco Relaciones en letra cortesana del siglo XVI y Bernal Díaz en su maravilloso libro, Historia verdadera… que es el primer libro de historia de México, al mismo tiempo en que cumple méritos como para ser la primera novela de América.

Gracias a que León-Portilla tradujo del náhuatl una hermosa combinación de textos tlatelolcas, texcocanos, tenochcas y tlaxcaltecas, Visión de los vencidos se entrelaza con las crónicas en español para dar un testimonio de ambos ánimos con los que se parió lo que años después llamamos México y que en el doloroso charco de su concepción quedó signado como Nueva España, por la paridad de los paisajes y la similitud de los aires transparentes y la clonación de las rosas y el olor de todos los mestizajes posibles con los que la Penínusla parecía clonarse en pleno Valle de Anáhuac. Quizá por ello el entrañable maestro León-Portilla inculcaba el axioma irrebatible de que todo mexicano que odiara a España se odia a sí mismo.

Ahora que se ha ido con cinco siglos de edad encima, el sonriente maestro que hablaba fluidamente el idioma de las pirámides y la lengua de Cervantes, el que sonreía con la mirada y hablaba con una voz rasposilla y tipluda (tal como se supone que se escuchaba el náhuatl puro del siglo XVI), ese hombre que era capaz de fruncir el ceño en fuego para defender como nadie los derechos de todos los indígenas… ese Maestro de Maestros tenía la gentileza de elevar la inteligencia de sus interlocutores. Lo recuerdo flotando sobre una inmensa mesa en el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México (la misma mesa que poco a poco se ha vuelto a llenar con los fantasmas de tantos Maestros con mayúscula), explicando con las yemas de los dedos el devenir de unos diminutos piecitos que caminaban sobre la Tira de la Peregrinación, marcando la mítica ruta de un pueblo elegido que había salido de Aztlán en busca de un islote en medio del ensueño y la realidad donde un águila devoraba una serpiente y los dioses de diversos pretéritos unirían sus poderes para crear en pleno ombligo de la Luna, epicentro mítico de la Tierra, el centro de los templos, teocalis, teponaxtles y tzompantlis que llamamos Gran Tenochtitlan.

Con humanismo luminoso y sonrisa de paciencia perfecta de sabio, León-Portilla enseñaba bilingüe los glifos y pictogramas para reconocer Chapultepec como cerro pintado con un saltamontes encima, un grillo que parece sonriente en el momento en que a cualquiera se le puede ocurrir la loca idea de que la Peregrinación ancestral del Pueblo del Sol, de los que tallaron la inmensa Piedra del Sol y heredaron dioses y rituales en círculos concéntricos de todas las culturas que conquistaron y absorbieron, el pueblo mexica que luego llamarían azteca como peregrinos de un tira de siglos que no narra la llegada a lo que hoy es la ciudad más grande del mundo, sino el regreso al útero amniótico de donde salieron quién sabe cuándo. Vuelta al Paraíso original es entonces la lenta peregrinación de las almas que vivieron la llegada del Quinto Sol y su condena, la llegada de la Cruz y de la Espada sobre una sangrante fachada de tezontle ya combinado con chiluca y barroco y churrigueresco que se inflaba con la maravilla indígena de los artesanos que ensancharon de un lado del mar la definición de belleza.

Tlalocan es el paraíso sito en el Oriente del Universo, regido por Tláloc, dios de la lluvia y del trueno. Allí hay manantial de agua sana y viven las almas buenas entre maíz y chía, frijol y todos los frutos de todos los colores. Es un limbo de felicidad eterna, tomates rojos forever, gozo ya sin tiempo donde han de seguir escribiendo párrafos interminables los informantes de Sahagún y el propio fraile santificado por la maravilla de haber unido mundos, como Miguel León-Portilla, que hoy mismo levita entre nubes de gloria y gratitud de todos sus lectores, calladamente conscientes de que un sabio de cinco siglos merece también descansar en paz.

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