En el otoño de 1987, luego del primer clavado en las aguas documentales del Archivo de Indias en Sevilla, me fui de aventón a la comarca de Aljarafe y llegué a Castilleja de la Cuesta al mediodía sin fecha ni mayor propósito que conocer el lugar donde murió Hernando o Fernando Cortés (que jamás se llamó a sí mismo —ni firmó documentos— con el nombre de Hernán).
Iniciaba mi primer frustrado intento por doctorarme en Historia por la Universidad Complutense de Madrid inducido, alentado y apadrinado por mis Maestros con mayúscula Luis González y González y José Luis Martínez desde México y por José Cepeda Adán y Juan Pérez de Tudela en España. Entre los cuatro más un montón de libros, papeles en paleografía y no poco sentido común me orientaron y enseñaron a buscarle el pretérito a mi tesis doctoral “Compañeros de Cortés” (que no presenté en examen) y que desde hace unos meses circula como libro bajo el sello DGE-Equilibrista. El afán por conocer a Cortés y cada uno de sus barbudos como hueste y como individuos se asumió sin propósito pedestal de aclamarlos o rencoroso prejuicio para mentarles sus madres.
Desconozco si siga hoy en flor un árbol de zapote prieto que se erguía en el patio del antiguo palacio del jurado Alonso Rodríguez (amigo de Cortés), donde murió el conquistador. Me consta que el zapote se veía desde la ventana del cuarto donde expiró y que pude visitar guiado por una monja sevillana que se creía irlandesa. Consta en su testamento y quienes leen conocen porque aprenden que Hernando Cortés pidió como última voluntad que sus restos viajaran a Nueva España y quedaran enterrados en Coyoacán (en otro convento) o bien en el Hospital de Jesús que él mismo fundó en el centro de la hoy CdMx y que sigue siendo hospital… luego, el trajín de nueve entierros diferentes, resguardo secreto de los huesos para evitar que los quemaran hordas de generaciones no tan pasadas, dimes, diretes y finalmente la confirmación de que es falso declarar que si su fantasma sigue en Anáhuac es “porque en España no lo querían”. ¡No me ayuses, pero tampoco temples el teponaxtle!, pues ambas ignorancias revelan amnesia e ignorancia… habiendo otras cositas más graves sobre el atril de nopal y por lo menos un oso que sacude feroz el madroño.