En un bosque se encontraron un hombre y un águila, ambos con la gran alegría -en común- de haberse convertido en recientes padres.
El águila preguntó: “¿A dónde vas?” El hombre dijo: “Ha nacido mi hijo y vine al bosque a pensar”. El águila replicó: “¿Y qué piensas hacer con tu hijo?” El hombre dijo: “Ahora y desde ahora siempre voy a protegerlo, le daré de comer y jamás permitiré que pase frío. Me encargaré que tenga todo lo que necesite. Lo defenderé de los enemigos que pueda tener y nunca dejaré que pase situaciones difíciles. No permitiré que mi hijo pase necesidades como yo las pasé; para eso estoy, para que él nunca se esfuerce por nada”.
El águila no daba crédito a lo oído. Le dijo: “Cuando recibí el mandato de la naturaleza para empollar a mis hijos, también recibí el mandato de construir mi nido. Un nido confortable, seguro, a buen resguardo de los depredadores; pero también le he puesto ramas con espinas. ¿Sabes por qué? Porque aún cuando las espinas están cubiertas por plumas, algún día, cuando mis polluelos hayan emplumado y sean fuertes para volar, desapareceré ese confort, y ellos ya no podrán habitar sobre las espinas, y los obligará a construir su propio nido. Todo el valle será para ellos, siempre y cuando realicen su propio esfuerzo y aspiración para conquistarlo.
“Si los sobreprotejo, reprimiría sus aspiraciones y deseos de ser ellos mismos, destruiría su individualidad y haría de ellos seres indolentes, sin ánimo de luchar, ni alegría de vivir. Me llenaría de remordimiento y vergüenza, viendo a mi descendencia imposibilitada para tener sus propios triunfos y fracasos, porque yo quise resolver todos sus problemas.
“Amaré a mis hijos por sobre todo, pero prometo que nunca seré su cómplice en la superficialidad de su inmadurez; entenderé su juventud, pero no participaré de sus excesos, me esmeraré en conocer sus cualidades, pero también sus defectos”.
El águila calló, y mientras el hombre reflexionaba, el águila levantó el vuelo y se perdió en el horizonte.
A partir de ese día, ese hombre decidió prepararse para ser el mejor de los padres. Autor anónimo.
Amigo lector: para los hijos, tanto amor... como respeto. Usted, ¿qué opina?
El hombre y el águila
- Cosmovisión
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Jorge Reynoso M.
Tampico /
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