M+.- Inseguridad pública, falta de crecimiento económico y corrupción son las tres pesadillas de la cuarta transformación. Por lo menos eso es lo que reflejan consistentemente las encuestas que miden la insatisfacción de los ciudadanos. La popularidad de la presidenta Claudia Sheinbaum se mantiene en las alturas, con cotas que rondan 70 por ciento o lo superan, pero la apreciación sobre su gobierno, en particular esta triada de desafíos, es negativa.
El efecto combinado comienza a impactar a Morena; el porcentaje de simpatizantes ha caído ligeramente por debajo de 40 por ciento después de varios años de mantenerse por encima de esta cifra. En realidad nada que ponga en riesgo el predominio político de este movimiento, toda vez que el entusiasmo que despiertan los partidos de oposición sigue siendo mínimo; solo el PAN llega a dos dígitos y siempre por debajo de 20 por ciento. Sin embargo, se trata de una lenta erosión que preocupa a los dirigentes de la 4T. Se traducirá en triunfos aislados de la oposición, pero potencialmente importantes en las próximas elecciones (entidades y ciudades grandes y una composición de la Cámara de Diputados menos favorable que la actual). Más allá del cálculo político, la insatisfacción de la gente sobre estos temas debe preocupar a Claudia Sheinbaum, empeñada en profundizar y hacer efectiva la transformación prometida.
Los tres casos son distintos y exigirían un texto por separado cada uno. Pero una rápida revisión arroja una perspectiva del duro camino por recorrer. Sin duda, el combate a la inseguridad pública es el que registra mayor avance, y aquí el problema para el gobierno es que la población no termina por apreciar el importante descenso de los índices de criminalidad que las cifras oficiales reportan. Los delitos de alto impacto han descendido en promedio casi a la mitad en un tiempo récord y todo indica que seguirán bajando. Si la estrategia en verdad es correcta, la percepción de la población comenzará a experimentar el impacto, más allá del manejo amarillista en el que está empeñada la prensa crítica o la incredulidad de la población. No significa, desde luego, que el problema esté resuelto, ni mucho menos. La generación de policías efectivas a todos los niveles, y sobre todo el local, el saneamiento de Ministerios Públicos o el debilitamiento real de los cárteles, entre otras, son desafíos pendientes. Pero todo indica que, al menos, el gobierno se está moviendo por fin en la dirección correcta.
La activación de la economía, en cambio, es un dolor de cabeza. La Presidenta está consciente de que el gobierno de la 4T está obligado a generar empleo formal de manera masiva si quiere sacar a la población de la pobreza. Es evidente que los recursos fiscales no dan para seguir aumentando las pensiones y transferencias directas en la misma proporción que antes. Pero la creación de empleos pasa por lo que haga o deje de hacer el sector privado, que genera alrededor de 85 por ciento del trabajo en México. Y esto no está sucediendo, o no en la escala que el país necesita. La inversión privada sigue constreñida, muy por debajo aún de las expectativas y necesidades. Con crecimientos anuales entre 1 y 2 por ciento el país no es capaz siquiera de dar empleo a la población joven que ingresa al mercado laboral cada año.
Encontrar las razones por las cuales los empresarios no invierten y qué hacer para que lo hagan, se ha convertido en un desafío para el gobierno. Desde luego hay un contexto externo que no ayuda, la incertidumbre recorre al mundo de los negocios en todo el planeta. Pero dentro de estos límites, el margen de mejora es enorme si se compara con otros países. En todo caso, el gobierno no puede esperar porque el sexenio de Sheinbaum tiene fecha de caducidad. Pese al acercamiento que se ha producido entre sector público y privado en los últimos meses, sigue habiendo un desencuentro entre ambos a la hora de asumir riesgos, solicitar créditos y poner el dinero a trabajar. Es un diálogo que se encuentra a medio camino y solo la posibilidad de escucharse unos a otros podrá destrabar las resistencias. No hay garantías de que se resuelva, pero, al menos en este punto, el gobierno tiene una voluntad decidida y una estrategia (el Plan México entre otros).
El tema de la corrupción, en cambio, es el más deficitario. Atenderla no ha sido una prioridad de la 4T. En el sexenio pasado no se combatió, quizá por la noción romántica de que un movimiento en favor de los pobres suponía cuadros investidos de una moralidad innata. Obviamente no fue así. Ni todos compartían las banderas del obradorismo (porque el reclutamiento provino de todos lados), ni muchos de quienes lo hacían lo asumieron como una conducta a seguir. Por desgracia, ser de la izquierda no es garantía de probidad una vez que se experimentan las mieles del poder o los privilegios. Sheinbaum tiene el propósito de hacer algo más significativo al respecto, pero el avance es mínimo. Por un lado, porque concibe, con razón, que más que un esquema punitivo lo eficaz reside en una modernización completa de la administración pública que disminuya drásticamente la oportunidad de delinquir: trámites digitales, directos y sin intermediarios, licitaciones transparentes, eliminación de gestiones innecesarias, cuadros más profesionales, entre otras.
Sin embargo, esta modernización de la burocracia no modifica de inmediato los arraigados usos y costumbres. La percepción de la opinión pública es que en la parte punitiva, el castigo a los delitos de cuello blanco, es mínima. Existe la impresión de que la Presidenta ha actuado con excesiva cautela respecto a las estructuras de poder heredadas del sexenio anterior. La investigación de irregularidades como el huachicol, o en lo tocante a ineficiencias de los altos mandos del Ejército y en los gobiernos de Morena, sea a nivel federal o estatal, parecen no trascender más allá de las segundas parrillas. Nunca a las cabezas. Es irónico que la última administración que lo hizo, la de Enrique Peña Nieto, a la que no se le tiene precisamente por una administración honesta, metió a la cárcel a tres de sus gobernadores. La 4T está lejos de poder decir algo similar.