M+.- Existe una corriente conservadora en Estados Unidos que vería con buenos ojos que México se convirtiera en uno más de los países latinoamericanos en los que un gobierno popular de izquierda es derrotado por un candidato de derecha. El triunfo en Colombia de Abelardo de la Espriella, un ultraconservador recién llegado a la política y de corte similar a Milei en Argentina, Noboa en Ecuador, Kast en Chile o Bukele en El Salvador, parecería dar alas a estas expectativas entre grupos ideológicos de derecha asociados al movimiento trumpista. Lula en Brasil y Sheinbaum en México serían los últimos bastiones (no los únicos, pero sí los que en realidad importan) de la ola roja que pintó al continente en los primeros lustros de este siglo, ahora desdibujada.
Las recientes declaraciones de Donald Trump contra el gobierno mexicano y su presidenta alimentan, a juicio de muchos, esta percepción. Si bien la ofensa no es personal respecto a Sheinbaum (a quien sigue considerando una buena mujer), describirla como alguien temerosa y paralizada por los cárteles de la droga constituye un misil político. Intenta legitimar una posible intervención directa de Estados Unidos no sólo por razones de seguridad nacional, sino prácticamente como un acto solidario con México. En la narrativa trumpista, simplona pero siempre mediática, el rescate de la dama en apuros por parte del caballero blanco.
Con todos estos elementos a la vista está surgiendo en el movimiento morenista y en círculos cercanos a la Presidenta la tesis de que existe una estrategia puntual de la ultraderecha internacional, protagonizada por la parte estadunidense (pero no exclusivamente), para derrocar a Morena en 2030. Tales fuerzas estarían operando, desde ahora, para asegurar que en las elecciones del próximo año el partido en el poder pierda gubernaturas y control sobre el Poder Legislativo.
Me gustaría cuestionar la supuesta certidumbre que se atribuye a la existencia de este plan y, sobre todo, las peligrosas consecuencias que tendría en el gobierno de la 4T en caso de creerlo a pie juntillas.
No, no me parece que exista un “consenso de Washington” orientado a asegurar una derrota de Morena y el consiguiente cambio de régimen. Y no porque no exista el deseo de que eso suceda entre líderes del mundo conservador estadunidense, sino porque la actitud hacia México está cruzada por una multiplicidad de vectores tan complejos como la interdependencia que existe entre los dos países. Por un lado, sin duda en el nicho ecológico de la derecha, en el que sobra dinero e ignorancia, existe un impulso a apoyar casi cualquier iniciativa de oposición que se presente en nuestro país y comulgue con las laxas banderas de MAGA. Tampoco faltan halcones cercanos a la Casa Blanca, militantes de su fanatismo, entusiasmados con la posibilidad de poner una banderita más en su mapa de buenos y malos. Los “puros” de Morena podrán encontrar abundantes datos sueltos y ejemplos para alimentar la idea de que el “imperio” está minando al gobierno de Sheinbaum para imponer a un títere o a una figura de ultraderecha, como existe en Ecuador o en Argentina.
Pero, por otro lado, buena parte del establishment que rodea a Washington, particularmente el mundo de los negocios, círculos militares y segmentos profesionales de algunas agencias, tienen una posición mucho más realista y pragmática, poco favorable a una aventura que implique riesgos de inestabilidad política y social o una situación de caos económico. Milei podrá ser un personaje anecdótico y pintoresco apapachado en la Casa Blanca, pero los dueños del dinero difícilmente querrían ver que el mundo fronterizo, casi una nación en sí misma, o sus enormes intereses en México pasen por la montaña rusa en que ha convertido el mandatario argentino a su país.
En estos otros círculos de poder, menos ideologizados y mucho más informados, se preguntarían ¿y para qué? El gobierno de la 4T está garantizando un manejo responsable de las finanzas públicas, la inversión extranjera fluye en montos históricos, nuestro país se ha convertido en el principal socio comercial, desplazando a China o a Canadá. Más allá del discurso de las mañaneras, que ellos no siguen, lo que observan es una actitud de colaboración y diálogo del gobierno para mantener el T-MEC y una disposición permanente a la negociación. La relación entre militares y aparatos de seguridad de los dos países sigue siendo absolutamente fluida y la confianza que inspira Omar García Harfuch en esos círculos es mayor de la que se tenía respecto a los titulares de esta rama de gobiernos anteriores. Y, quizá lo más importante, no hay ninguna seguridad de que un gobierno de derecha garantice la estabilidad social y política en un contexto de desigualdad y dificultades económicas como las que vive México. Por último, se trata también de un tema de figuras concretas. Hoy por hoy los candidatos más visibles de parte de Morena para 2030, quiérase o no, son el propio García Harfuch y Marcelo Ebrard. Cuadros que probablemente tranquilizan mucho más a Wall Street y a Washington que cualquier figura que se vislumbre entre las huestes del PAN, el PRI, o personajes de la llamada “sociedad civil”, como Ricardo Salinas Pliego.
Y por lo que respecta a Trump, es imposible ubicarlo como protagonista de una estrategia de mediano plazo. Las elecciones en México en 2030 escapan a su agenda, siempre cortoplacista, entre otras razones porque suceden año y medio después de abandonar la Casa Blanca. Sus declaraciones remiten a motivos coyunturales: un campanazo mediático que le permita recuperar popularidad antes de las elecciones de noviembre en su país. El tema merecería mayor espacio, sin duda. Pero no, no es un eslabón en una cadena estratégica pensada en el cuarto oscuro de los amos del universo contra México.
Todo esto no significa que los intereses de la derecha internacional sean nimios o no incidan en nuestro país. El problema es considerarlos como el factor que definirá el éxito o el fracaso del gobierno de la 4T. No es así; los casos de Chile, Colombia, Perú, Ecuador o Argentina remiten mayormente a procesos internos. Los gobiernos populares fueron incapaces de mantener las altas expectativas de las mayorías empobrecidas, enajenaron a una porción importante de la clase media y grupos populares que votan con ella, y no consiguieron impulsar el crecimiento de la economía y la generación de empleos.
Lo peor que puede pasarle a Morena es que la obsesión sobre “la perversidad del imperio y de la ultraderecha internacional” conduzca a actitudes victimistas y, sobre todo, impida poner la atención a los temas que en verdad definirán su éxito o su fracaso.