La inmolación de los duros boicotea a la 4T

Ciudad de México /
Luis M. Morales

M+.- Por una razón u otra, los intentos del llamado socialismo real fracasaron en el mundo; Cuba y Venezuela no fueron la excepción. No solo eso, la reciente ola de gobiernos populares de izquierda en América Latina está resultando efímera. Después de unos pocos años de experiencias en favor de los dejados atrás, los votantes de Perú, Bolivia, Ecuador, Argentina, Honduras, Chile y, probablemente, Colombia, optaron por candidatos conservadores poniendo fin a estos intentos. Solo persiste en México con cierta solidez, y con dificultades en Brasil y Guatemala.

A la luz de estas experiencias, cabría preguntarse si esto es el resultado de una tendencia pendular, o revela una condición de fondo: ¿es imposible una economía con predominio estatal inclinada en favor de los pobres en un mundo dominado por la economía de mercado? ¿Hay manera de imponer restricciones profundas y permanentes a la economía capitalista para favorecer la distribución social y el equilibrio?

No se trata de una pregunta académica o filosófica. Es en esencia el debate que tendría que darse en este momento entre las cabezas del gobierno de la cuarta transformación. ¿Por qué? Porque si la respuesta a esta pregunta es negativa, y no resulta viable hoy en día una economía de Estado a contrapelo del mercado, la posición de los sectores duros de Morena, condena al fracaso la experiencia lopezobradorista. En tal caso, abrazarse al poder político mientras la economía se estanca o entra en declive, llevará a entregarlo tarde o temprano por vía de las urnas como sucedió en Bolivia, Perú, Argentina, Ecuador o Chile o de peor manera como está sucediendo en Venezuela.

De hecho, en nuestro país comienzan a darse signos de lo que sucedió en Latinoamérica. Cada uno de aquellos gobiernos recurrió a una batería de acciones para conseguir una mejor distribución del ingreso. Unos tuvieron más éxito que otros, pero al final los votantes les dieron la espalda. ¿Cómo explicarlo? Por un lado, por “los rendimientos decrecientes” de las políticas públicas populares. Las primeras acciones tienen un efecto inmediato y lucidor: el reparto de subsidios o pensiones, el aumento de salarios mínimos, el fin de prácticas abusivas. El impulso inicial genera una mejoría en la condición de los pobres. Estadísticamente saca de la miseria a millones de personas. Pero luego surge una especie de bloqueo. Llegado un punto el gobierno topa con límites presupuestales para ampliar de manera significativa esas ayudas. Conseguir financiamiento con cargo al endeudamiento o al aumento de impuestos, es un paliativo que permite avanzar un poco más, pero provoca efectos económicos desfavorables. Inflación, salida de capitales, depreciación y estancamiento han sido un flagelo recurrente en varios de estos países. Muchos ciudadanos, incluso entre los sectores más pobres, perciben que la derrama se ha estancado y, en cambio, sus condiciones de vida se deterioraron por la inflación y la falta de empleo digno.

En todos los casos, los gobiernos populares fueron incapaces de generar condiciones favorables para el incremento de la inversión privada y la generación de empleos (que en última instancia es la única manera de que el grueso de la población salga de la pobreza). Hay un punto en que el Estado es incapaz de sostener la derrama con sus propios recursos y las expectativas frustradas se vuelven en contra de él. Lo estamos viendo en México con las posiciones radicales de los maestros de la CNTE y sus peticiones económicamente intransitables para el gobierno de Sheinbaum.

Hay un segundo factor que explica la razón por la cual las medidas populares no fueron capaces de desencadenar el crecimiento: la globalización. Lo señalé hace algunos días en otro texto. Los gobiernos populares consiguieron mejorar el poder adquisitivo de las mayorías, pero esto no se tradujo en incentivos para la planta productiva, simplemente incrementaron las importaciones de Asia. Walmart abre una tienda cada 3 o 4 días en México, pero la mayor parte de sus anaqueles tienen productos traídos de fuera.

A pesar de este nuevo poder adquisitivo o del incremento histórico de las exportaciones, México se está estancando. Nunca pudimos construir los eslabones o cadenas de suministros que hicieran viable la activación de miles de medianos y pequeños productores capaces de ofrecer algo o mucho de lo que compramos fuera.

El tercer factor es la corrupción. Los gobiernos populares no son peores que los de antes en esta materia, pero incurrir en ella se hace aún más deplorable porque la denunciaron durante mucho tiempo.

¿Puede el gobierno morenista de Claudia Sheinbaum romper esta inercia?, ¿convertirse en una excepción respecto a lo que sucedió en América Latina? Consciente de lo anterior, la Presidenta ha recurrido a una intensa estrategia para incentivar el crecimiento de la inversión privada. No ha sido fácil, pero ha conseguido lo que en buena parte de los países del sur no sucedió. Una actitud receptiva y un consenso en muchos de los dueños del dinero respecto a que la esperanza de paz y estabilidad en México pasa por el objetivo “por el bien de todos, primero los pobres”, al menos durante unos años. Que esto llegue a concretar en cifras de inversión capaces de hacer una diferencia, será resultado de un arduo proceso de construcción de confianza y exploración de fórmulas de equilibrio entre crecimiento y distribución, condiciones de rentabilidad y garantías para el capital y de derrama sustantiva para los sectores desfavorecidos.

Por desgracia, el camino a recorrer no empata con la visión de la izquierda tradicional. En torno a Claudia Sheinbaum se observa una tendencia al endurecimiento que, por lo señalado arriba, conduce a la inmolación y a la victimización. “Se intentó, pero no se pudo, por la perversidad de los conservadores y la ultraderecha”. Una posición que lleva a tomar acciones de atrincheramiento en las posiciones políticas, para sostener el poder y una base social leal a toda costa y a priorizar la polarización con otras fuerzas sociales. Pero son acciones que minan los puentes que, por otro lado, se están tratando de construir para generar un clima favorable a la inversión y la creación de empleos.

En un universo paralelo la posibilidad de constreñir de manera permanente las inercias del mercado quizá fuera posible. No en este, en que vivimos en una sociedad global dominada por el capital. Lo que es evidente es que encerrarse en el repudio al capitalismo e intentar hacer de mejor manera lo que no pudo conseguir Venezuela, parecería el camino seguro al martirologio.

Hay una izquierda en Morena capaz de acomodarse a esta derrota, consciente o inconscientemente, la patria o muerte que se considera moralmente superior. Me parece una chorrada, porque lo verdaderamente inmoral es estar en condiciones de hacer algo más por los millones de mexicanos que lo necesitan y boicotearse por una pretendida pureza ideológica. La única izquierda viable en el mundo en que vivimos, nos guste o no, es aquella capaz de generar empleos dignos para la mayoría de la población. De no hacerlo habría que preguntarse sobre la fecha de caducidad de un movimiento que habría intentado una transformación con una retórica encendida y una estrategia inviable.


  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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