M+ No se puede escatimar el mérito que significa mantener niveles de aprobación cercanos a 70 por ciento. Claudia Sheinbaum ha dicho que no gobierna para mantener alta su popularidad, pero también es cierto que por lo general se gobierna mejor y/o más fácil gracias a ella. Desde luego ha habido un desgaste y la oposición y críticos han festinado que en lugar de cotas de aprobación cercanas a 75 por ciento de hace un año, hoy las encuestas fijan el porcentaje entre 68 y 70. En realidad tendrían poco que celebrar, pues sigue siendo una de las más altas del mundo; una especie de anomalía positiva, considerando que en la abrumadora mayoría de los países occidentales los mandatarios pasan por una crisis de imagen. Para efectos prácticos, mientras la Presidenta mantenga una aprobación por encima de 50 por ciento con un margen holgado, su legitimidad está garantizada.
El tema no es cuantitativo sino cualitativo. ¿Para qué le sirve (y para qué no le sirve) la popularidad a Sheinbaum? Para empezar, habría que hacer una precisión: la aprobación de la que goza es mucho más alta que la valoración que los ciudadanos otorgan a algunas políticas de su gobierno. En áreas de seguridad pública o de economía su gestión obtiene calificaciones cercanas a 50 por ciento y en algunas encuestas incluso ligeramente por debajo. En caso de ampliarse esta diferencia, podría darse una situación extrema en la que se tenga en alta estima a la figura presidencial pero poco aprecio por su administración. No es el caso, pero la posibilidad existe.
Las razones para este desfase obedecen a distintas razones, algunas de ellas más que comprensibles. La Presidenta ha conseguido proyectar rasgos que la caracterizan como funcionaria y como ser humano: sentido de responsabilidad, laboriosidad, austeridad, mentalidad científica, honestidad. Existe una noción generalizada, dentro y fuera del país, de la dignidad e inteligencia con la que ha abordado las difíciles relaciones con Donald Trump, entre otros temas. Resulta mucho más difícil modificar la apreciación que los ciudadanos tienen respecto al gobierno.
El tema de la violencia lo ilustra: la estadística demuestra una disminución sustancial en materia de delitos, particularmente asesinatos, pero la percepción de la opinión pública apenas comienza a moverse. Lo que se gana por la caída en la cifra de algunos crímenes, se pierde por el protagonismo que alcanza la extorsión y el huachicol. En Palacio Nacional están convencidos de que la mala prensa con la que se cubre al gobierno de la 4T es responsable de esta apreciación “distorsionada” por parte del público. O de plano que es fruto de las campañas en redes que impulsa la derecha nacional e internacional en contra de su administración. Parcialmente puede ser cierto, pero el tema es mucho más complejo. La crítica del ciudadano de a pie se nutre de muchas fuentes, algunas muy arraigadas en la desconfianza que genera la cosa pública. Y si encima de esto Morena se ha mostrado particularmente remiso en intervenir sobre la corrupción en sus altas esferas, el escepticismo se vuelve explicable.
El tema de fondo es el hecho de que la popularidad y el buen desempeño de Sheinbaum no han permeado en la misma proporción en la apreciación de las acciones de fondo que está realizando su administración. La Presidenta ha puesto en marcha un cambio sustantivo en muchos temas que tienen que ver con el futuro del país. Cualquiera que se asome a la mañanera para algo más que recoger la provocación del día de alguno de los “amarra navajas”, podrá observar la batería de programas puestos en marcha para mejorar y sanear la administración pública y la calidad de vida de los ciudadanos.
Desde luego hay también un problema en el enfoque de comunicación. Por lo general terminamos hablando del escándalo de la semana, en lugar de aquello sustantivo que está ocurriendo y la necesidad de discutirlo, retroalimentarlo, acotarlo y mejorarlo. La propia Oficina de la Presidencia lleva parte de la responsabilidad por la manera en que la conversación pública ha sido secuestrada por la polarización. Dirán que defenderse y rebatir atacando forma parte del derecho de réplica del gobierno para responder a la ofensiva de la que es objeto por parte de los conservadores. Quizá, pero el daño que provoca es mucho mayor porque esquematiza y reduce a la opinión pública a dos puntos de vista, cuando en realidad muchos ciudadanos merecerían estar escuchando algo más que el debate descalificador entre el gobierno y sus críticos. Un ejemplo, se exige que los actos de la administración se difundan con un contexto justo y sin distorsiones, y para argumentarlo se proyecta un video de hace 30 años de Sergio Sarmiento, a su vez sacado de contexto. Esto no ayuda a construir una conversación responsable o madura y empobrece el debate. Recurrir al enlodamiento para descalificar a un crítico termina por ensuciar la arena de la discusión. Lo que sorprende es que el sentido común o la calidad humana de la Presidenta no lo asuma en ese sentido.
La polarización produce popularidad, es cierto. Y esta ayuda a ganar elecciones y, cuando se necesita, a exhibir músculo en la calle. Pero la popularidad que se gana en la confrontación es inútil para lo que importa. 70 por ciento de la aprobación sirve para muchas cosas, pero no para el principal desafío que hoy enfrenta el gobierno de Sheinbaum: crear la confianza para activar la economía, propiciar la inversión y generar los empleos que el país necesita para la población empobrecida. La mayor parte de los empresarios pequeños, medianos y grandes, que tendrían que actuar para que eso suceda, se encuentra en el otro 30 por ciento, ese que termina ciscado y desconfiado por el pleito y el comportamiento faccioso de los líderes del movimiento que hoy gobierna.
En efecto, hay dos proyectos de nación en pugna, uno de ellos impulsados por la fuerza política que conduce Claudia Sheinbaum. Pero la mejor manera de argumentarlo frente a la población no es mostrando la inquina del adversario sino ofreciendo pruebas de la bondad del propio. Y las hay, pero cuesta trabajo observarlas u oírlas en medio del altisonante desencuentro de cada día.