Los duros y la disputa por Morena

Ciudad de México /
ALFREDO SAN JUAN

Marx Arriaga, responsable de coordinar los contenidos de los textos gratuitos, se va de la SEP entre acusaciones de que su salida constituye una traición del gobierno a los ideales del movimiento en materia educativa. Lenia Batres, la autollamada ministra del pueblo, publicó este domingo en El Universal un artículo titulado “La traición a la hora de las transformaciones”, en el que, con el pretexto de la caída de Francisco I. Madero, concluye que el error del presidente fue confiar en quienes venían del bando porfirista y no en quienes impulsaron el movimiento revolucionario. Se asume en columnas y prensa crítica que “los duros” están molestos con Claudia Sheinbaum o que los círculos cercanos a López Obrador comienzan a distanciarse. Habría que examinarlo, para empezar, porque el círculo obradorista y los “radicales” son dos cosas muy distintas. Hoy abordo a estos últimos.

Las acusaciones por parte de miembros de la izquierda histórica de una supuesta traición a los ideales del movimiento parten de una falsa premisa. Los llamados duros asumen, equivocadamente, que su punto de vista es el núcleo fundacional del obradorismo original, la identidad ideológica de esta fuerza política y social. Pero no es así.

El humanismo mexicano es una noción conscientemente asumida por parte de López Obrador para tomar distancia de las ideologías de izquierda tradicionales y asumir su propia identidad. Se nutre de las raíces populares y nacionales que reivindican la justicia social y los derechos del pueblo, de la Revolución mexicana y sus secuelas y de las tradiciones indígenas, pero no de la lucha de clases, de la doctrina marxista o de la socialdemocracia europea. Las figuras emblemáticas y combustible de la narrativa del tabasqueño son Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas; no lo son Rosa Luxemburgo, el Che Guevara, Fidel Castro o Lucio Cabañas.

López Obrador se apoyó en la vieja izquierda tradicional como en muchas otras corrientes, pero nunca la convirtió en copiloto de su proyecto. Le entregó la capital a Marcelo Ebrard cuando dejó la Jefatura de Gobierno, la dirección del partido a Mario Delgado, y en su gabinete los duros tuvieron una presencia mínima. La más destacada fue la de Jesús Ramírez, producto de un traspié de último momento de su jefe de comunicación de siempre. Lo demás son posiciones marginales al poder real. Paco Ignacio Taibo en el FCE, Pablo Gómez en la UIF por corto tiempo, Martí Batres en la capital, pero nunca como jefe, Fernández Noroña como entretenimiento en cámaras, los moneros de La Jornada como amigos no como asesores, Irma Eréndira Sandoval dejó su secretaría antes de la mitad del sexenio. En realidad, su equipo de gobierno fue integrado por una combinación de ex priistas, ex cardenistas, de amigos de toda la vida, de tabasqueños, de recién llegados a la política, de algún empresario.

En ese sentido, postularse como garantes del verdadero obradorismo es absurdo tanto en términos ideológicos como en lo referente a la historia misma del movimiento. Acusar de traición a banderas que en realidad nunca lo fueron o asignarse un protagonismo que nunca tuvieron es parte del equívoco.

Y aquí un paréntesis sobre los “duros”. Primero, que no son una corriente. Los mencionados arriba, incluyendo a Marx Arriaga, distan de ser un grupo. Fieles a la pulverización que caracteriza a la izquierda, hay entre ellos tanta diferencia como la que puedan tener con otros habitantes de la gran carpa morenista.

Por otro lado, es comprensible que exista una resistencia a las decisiones o a la manera en que Claudia Sheinbaum dirige el segundo tramo de la llamada cuarta transformación por parte de algunas corrientes de opinión dentro del movimiento. Morena fue construido sobre una serie de principios básicos, pero no existe una ruta de viaje precisa para sacar adelante sus banderas en el contexto de una realidad cambiante y contradictoria. Andrés Manuel López Obrador tripuló su gobierno a través de una bitácora sujeta siempre a las circunstancias. Alianzas políticas cuestionables, una relación inesperada con Trump o con el Ejército, postergación de otros ideales, son ejemplos de lo mucho que hubo que negociar para sacar adelante la lucha en favor de los pobres, en medio de una realidad adversa.

Claudia Sheinbaum intenta conducir esta antorcha, por el bien de todos, primero los pobres, pero en un terreno distinto al que le tocó en suerte a su predecesor. Los retos de 2025 no son los de 2018. Tomar el poder y sostenerlo frente a los contraataques, como hizo López Obrador, es muy diferente a emprender la tarea del día siguiente. La realidad es otra tras el tsunami Donald Trump, la inseguridad pública ya no admite dilaciones y sacar a la gente de la pobreza pasa ahora por generar empleos y no por una ampliación en la derrama de recursos que el gobierno no tiene. López Obrador consiguió una hazaña al mejorar la condición de los pobres, pero la economía no pudo crecer. Fue un tramo necesario, pero a la larga es una vía insostenible, porque tendencialmente nos condenaría a la ruta imposible de Cuba o Venezuela. El verdadero reto para la 4T es encontrar un equilibrio entre distribución y crecimiento. López Obrador consiguió una mejor distribución, ahora Sheinbaum debe obtener crecimiento sin sacrificar la derrama social. Creer que el verdadero obradorismo consiste en congelar el primer tramo equivale a condenarlo a morir.

Un ejemplo. Resulta muy fácil criticar la suspensión de la entrega de petróleo a Cuba luego de la amenaza de represalias tarifarias por parte de Washington, como si fuera un abandono de los principios ideológicos de la izquierda. La verdadera izquierda debería centrarse en la defensa de los intereses de las mayorías empobrecidas de las que el gobierno es responsable. La Presidenta entiende que, por injusta que sea la presión estadunidense, la prioridad de su gobierno es evitar una represalia que afecte a la economía de millones de mexicanos, muchos de los cuales viven al límite de la precariedad. Ya intentará Sheinbaum responder a la solidaridad con Cuba y a los apremios de sus habitantes, pero no puede hacerlo a costa del bienestar de sus propios ciudadanos.

La crítica es necesaria en un movimiento inédito y sujeto a tantas contradicciones. Pero poco ayuda cuando se hace desde un púlpito que defiende una tradición o una ortodoxia de quienes se inventan un obradorismo que solo está en su mente.


  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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