Los críticos cuestionan la propuesta de reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum por haberse incluido ella misma en la boleta electoral en las elecciones intermedias de 2027. Muchos consideran, con cierta razón, que hacer la consulta de revocación de mandato presidencial al mismo tiempo que la elección del Congreso y 17 gubernaturas carga los dados contra la oposición.
Es cierto que nada tiene de raro que un presidente que va a ser valorado por la población dedique tiempo y recursos a defender los logros de su gobierno y su proyecto político de nación. El problema es que se trata del mismo proyecto de país que enarbolan los candidatos de Morena que competirán por el voto ese mismo día en las urnas. En ese sentido, la popularidad de la Presidenta y los espacios de comunicación que ella posee como jefa de Estado se convertirían en parte explícita de la campaña.
Esta estrategia (una artimaña dirán sus críticos) de hacer coincidir consulta sobre el mandatario y elecciones de diputados, senadores y gobernadores, parecería ser una iniciativa que contradice la imagen que Sheinbaum intenta construir de cara al sector privado: una gobernante profesional y moderna, que quiere dejar atrás las viejas prácticas de la clase política. Juzgado así, llevaría a pensar que lo que hace con una mano compromete lo que hace con la otra.
Pero, pensándolo bien, cabe otro ángulo. Meterse en la boleta forma parte de la batalla de Sheinbaum para librarse de la manipulación que la 4T padece a manos del PVEM y del PT.
Una breve explicación: las votaciones en el Congreso dependen de la buena relación con estos partidos satélites, pero esto condena a Morena a ser un perpetuo rehén de sus dirigencias mercenarias. En teoría el sistema de partidos políticos se basa en la noción de que son organizaciones que representan a corrientes sociales y políticas de la población, de allí la necesidad de que exista una variedad de opciones. Pero el Verde y el PT carecen de base social, representan esencialmente el interés de una camarilla política encabezada por sus fundadores.
Son productos artificiales, creados por oportunistas que aprovechan los muchos mecanismos que se gestaron para evitar el priismo de antaño, el sistema de partido único (como bien lo muestra Viri Ríos en un artículo publicado en Milenio este lunes). Al existir las plurinominales, la fuerza que domine las elecciones en 300 distritos no puede gobernar en esa proporción, en la medida en la que deben repartirse otras 200 curules. Para darle la vuelta a esta restricción, el partido fuerte trata de derramar ese beneficio en partidos paleros. Lo hizo el PAN, luego el PRI y ahora lo hace Morena. Nominalmente curules y escaños no están en el PAN, el PRI, o Morena, es decir el partido de turno que gobierne en Palacio, pero a cambio de prebendas, los votos en el Congreso son suyos. Nótese que lo único que no ha cambiado en los últimos 30 años de tsunamis políticos es que la familia Anaya y el Niño Verde siguen siendo los dueños absolutos de PT y PVEM, gracias al simple expediente de ofrecer su registro al dueño del balón del momento.
Claudia Sheinbaum decidió comenzar el proceso para sanear este vicio. Lo intentó, primero, mediante la propuesta de eliminar las plurinominales, base sustancial del poder de estos dirigentes de cúpula. Como ya sabemos, no lo consiguió justamente porque estas cúpulas se opusieron a una ley que ponía fin a su reinado. Ahora la Presidenta intenta otra vía: endurecer las condiciones de negociación que dan vida artificial a estos partidos. Esto es, minimizar la entrega de posiciones al Verde y al PT, por parte de Morena, en la definición de candidatos y alianzas para las próximas elecciones.
Parece nimio, pero si no es bien manejado podría derivar en una caída de Morena y en la pérdida de sus mayorías simples en el próximo congreso. ¿Por qué? Porque estos dos partidos pueden convertirse en plataforma de lanzamiento de precandidatos de Morena populares, pero que por alguna razón sean rechazados por el partido (Zacatecas es un buen ejemplo). La 4T puede perder un número de distritos y dos o tres gubernaturas por esta vía, amén del efecto que pueda tener ir divididos en distritos reñidos frente a la oposición.
Lo cual nos lleva de vuelta al tema de la revocación de mandato, es decir, a la presencia de Claudia Sheinbaum en la elección que habrá de venir. Lo que la Presidenta estaría buscando es que el efecto de su popularidad compense una alianza precaria con partidos de los que está buscando distanciarse. Con una aclaración, Palacio no rechaza la posibilidad de mantenerla, por lo menos a corto plazo, pero quiere poner fin a la dependencia excesiva y los chantajes que eso ocasiona.
Algunos operadores políticos de Morena no encuentran sentido a la confrontación que la Presidencia ha desatado con sus partidos aliados. Entorpece la tarea de conseguir el voto mayoritario en la actual legislatura y podría poner en riesgo el resultado electoral del próximo año. En efecto, es una apuesta de alto riesgo, porque si Morena no alcanza la mayoría simple, por sí mismo, la gobernanza para la segunda mitad del sexenio queda absolutamente comprometida. Perder la facultad para dictaminar presupuestos y leyes secundarias reduce, desde la lógica de la 4T, la posibilidad de que el movimiento siga introduciendo cambios orgánicos a un sistema de mercado cuyas inercias desfavorecen a las mayorías.
En mi opinión, lo que estaría haciendo Sheinbaum es darle un uso político a un activo, su popularidad, para emprender la dura tarea de sanear una zona podrida. Es una decisión debatible, desde luego. No sólo por los riesgos electorales, en sí mismos, sino también por la abolladura a la imagen moderna y profesional que intenta proyectar.
Me parece que se trata de una perspectiva de “un mal menor”, para deshacerse de “uno peor”. Se podría estar de acuerdo o no con esta apuesta, pero tiene una lógica. Sólo espero que la Presidenta esté consciente de que asumirse en la boleta tiene un costo de cara al clima de tolerancia y responsabilidad política que intenta construir para favorecer las inversiones y la confianza. Una lectura parcial simplemente lo interpretará como una medida encaminada a cargar los dados en favor del grupo en el poder con fines partisanos. Si no es el caso, tendrá que vacunarlo por otras vías.