M+.- El desafío es complicado pero la recompensa podría ser histórica. Tres mujeres aspiran a convertir a Morena en otra cosa que no sea simplemente un nuevo PRI: Claudia Sheinbaum, Ariadna Montiel y Citlalli Hernández. Difícil, porque más allá de la voluntad política y las buenas intenciones, hay una poderosa inercia que llevaría a convertir al partido en una edición renovada, pero en última instancia igualmente podrida, de lo que fue el tricolor en el siglo pasado. Una inercia que se alimenta de, al menos, tres factores. Uno, el hecho de que Morena es una enorme agencia de colocaciones. En ese sentido el partido es víctima de su propio éxito; para cualquier político, independientemente de sus convicciones, o su falta de ellas, el acceso al poder pasa hoy día predominantemente por esta organización. Y como los operadores políticos eficientes lo son al margen de su ideología, todo ambicioso con habilidades termina siendo un cuadro útil para el partido. La consecuencia es obvia; el movimiento queda deslavado de sus ideales.
Dos, la necesidad de triunfos electorales y/o de movilizar base social y mostrar músculo provoca una fuerte adicción a los líderes de corporaciones, sindicatos o barrios. Nadie como ellos para llenar plazas, disponer de operadores con licencia, distraer recursos no supervisados, aumentar militancia de manera exponencial. Basta recordar la absurda meta de Morena de conseguir 10 millones de miembros en tiempo récord (terminaron siendo 12 millones), una exigencia cuantitativa en detrimento de la cualitativa, es decir, pérdida de identidad. El líder del SNTE, prometió de inmediato una inscripción cercana a dos millones de sindicalizados. Personajes como este, como Napito Gómez líder de los mineros o Pedro Haces de la Catem se convierten en “un mal necesario”, pero terminan siendo cada vez más poderosos. Utilizan su fuerza dentro de Morena para obtener posiciones, curules y escaños, que a su vez les ofrecen un blindaje adicional, porque el partido eventualmente necesitará de sus votos en el Congreso.
Tres, la fragmentación territorial del poder político convierte al partido en un gestor laxo de sus propias banderas, porque la presencia regional pasa por la idiosincrasia de personajes con arrastre, poder o carisma local, no necesariamente relacionados con el movimiento. La dirigencia nacional requiere de una enorme capacidad de operación, atención continua y tolerancia a la derrota electoral para aspirar a un mínimo de congruencia ética o ideológica. En la práctica, suele suceder lo contrario; con tal de sumar triunfos, el partido termina siendo rehén de tales figuras.
A todo eso se enfrentarán Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, excolaboradoras del gabinete, enviadas por la Presidenta para intentar sanear a Morena y convertirlo en una casa congruente con un movimiento que tiene ambiciosos ideales éticos y sociales.
En otro texto señalé que la elección de las dos figuras no podía ser más atinada. Además de ser cuadros muy cercanos a la presidenta Claudia Sheinbaum, tienen una trayectoria impecable respecto al obradorismo, lo cual les otorga legitimidad entre las bases y autoridad respecto a otros actores de poder dentro del movimiento. Irreprochables tanto para Palacio Nacional como para Palenque. Pero, sobre todo, se trata de dos figuras capaces y probadas en distintas tareas. La nueva presidenta de Morena, Ariadna Montiel, ha sido, como se sabe, la gestora durante casi ocho años de la estructura de operación sobre la cual se levanta el sistema de transferencias sociales del gobierno de la cuarta transformación. Una leal y eficiente administradora, poco dada a la grilla de pasillos, de enorme capacidad organizativa. Comandanta, además, de los llamados Siervos de la Nación, columna operativa y músculo del movimiento.
Por su parte, Citlalli Hernández constituye probablemente el cuadro más lúcido de esta fuerza política. Fusiona, mejor que nadie, convicción ideológica reflexiva y una noción moderna de la democracia, capaces de sobrevivir a las exigencias de la realidad política. Si hay alguien que pueda encontrar una fórmula para equilibrar congruencia ética ideológica y eficacia política y electoral, podría ser ella y su equipo.
La consigna, pues, consiste en depurar al partido, ajustar valores y prácticas con el movimiento y, a la vez, ofrecer resultados electorales. Para ponerlo en términos futboleros, Morena ha sido capaz de ganar consistentemente, en ocasiones de manera atropellada y vergonzante (basta recordar a Cuauhtémoc Blanco en Morelos), ahora se le exige jugar bonito y con buenos resultados. Habría que preguntarse cuál será el grado de tolerancia respecto a la derrota. Las mejores intenciones pueden desbarrancar frente a las recriminaciones que surjan por la pérdida de posiciones hoy en poder del partido.
Milagros no habrá; lo que se consiga será fruto de una larga cruzada, sin garantía de éxito final. Habrá triunfos y derrotas parciales a lo largo de ese trayecto. Por lo pronto, existe una ruta inevitable. Primero, el difícil proceso de selección de candidatos, comenzando con la disputa por las candidaturas a los 17 gobiernos estatales que habrán de definirse en lo que resta del año y, más tarde, miles de posiciones para congresos y ayuntamientos. Sheinbaum y las dos mujeres medirán su fuerza frente a la presión de gobernadores y otras cabezas empeñados en colocar a su gente, al margen de los intereses del movimiento. Un capítulo importante de esta tarea residirá en renegociar, en la práctica, las relaciones de la 4T con PVEM y PT, aliados electorales y legislativos tan incómodos como necesarios. En Palacio Nacional existe la percepción de que Morena ha cedido demasiado en anteriores negociaciones. Para su desgracia, son imprescindibles para gobernar porque las reglas diseñadas dificultan la creación de mayorías decisivas a un solo partido. Otra tarea complicada.
Y luego está la labor de reorganizar estructuras confiables región por región y la formación de cuadros que respondan a una nueva ética congruente con las aspiraciones del movimiento.
Y finalmente habrá que ver cómo resuelven el espinoso tema de los Siervos de la Nación y los operadores del partido. La tentación de trasladar estructuras completas del gobierno a la tarea partidaria será enorme; ojalá la resistan, porque de no hacerlo habrán dado la razón a quienes afirman que terminará siendo un nuevo PRI. Estas tres mujeres intentarán mostrarnos lo contrario.