M+.- Las exportaciones alcanzan niveles históricos, la inversión extranjera también, somos los principales proveedores del mercado más grande del mundo. Tendríamos que ser un país próspero, o estar en proceso de serlo, pero no es así. ¿Por qué? Culpar al gobierno en turno es tentador y ciertamente las autoridades pueden hacerlo mejor, pero la explicación de fondo está en otro lado.
No crecemos porque la locomotora a la que apostamos, la exportación, sólo arrastró a un par de vagones del largo tren de la economía mexicana. La industria punta y la agricultura vinculadas al mercado externo no se transformaron en disparadores del resto de la economía; su irradiación resultó muy acotada. En cierta forma tuvo un efecto contraproducente: estas industrias de exportación y los servicios prosperaron gracias a la apertura de los mercados, pero la agricultura y las ramas industriales tradicionales sucumbieron. En realidad, el país lleva ya tres décadas sin crecer.
Al inicio de la apertura comercial y la firma del TLC, México tuvo un arranque prometedor. El PIB aumentó 4.2 por ciento anual con Salinas de Gortari (1988-1994) y 3.7 por ciento con Ernesto Zedillo (1994-2000). Pero luego se estabilizó a la baja en 2 por ciento anual los siguientes 18 años con Fox, Calderón y Peña Nieto (2000-2018) y 1 por ciento con López Obrador. Si asumimos que la población aumentaba entre 1 y 2 por ciento cada año a lo largo de este periodo, significa que México apenas libra el estancamiento en todos estos años. Y, peor aún, son tasas que esconden una profunda desigualdad: un tercio de la economía, ciertas ramas productivas y regiones crecieron, pero el resto se fue estancando o decreciendo.
No se trata de un relato de buenos y malos. En el resto del mundo, con pocas excepciones, sucedió algo similar: altas tasas al arranque de la globalización que más tarde menguaron y produjeron fuertes efectos desequilibrantes al interior de cada país. Para el caso de México se podría cuestionar el capitalismo de cuates que caracterizó a los gobiernos neoliberales o, del lado contrario, el populismo de los gobiernos de la 4T, como explicaciones que empeoraron el problema. Pero en esencia la razón de fondo es estructural.
El gobierno de López Obrador intentó afrontar el problema con una estrategia que los economistas llamarían keynesiana: aumentar el consumo interno, el poder adquisitivo de las mayorías, para incentivar la fabricación masiva de alimentos y productos nacionales. Logró lo primero, no lo segundo. La derrama equivalente a 35 mil millones de dólares anuales produjo consumo sí; pero este consumo se orientó a los importadores, no a los fabricantes. No generó empleo ni grandes inversiones locales que fueran ajenas al TLC. Habría sucedido si los países fueran islas, sin embargo el mundo ya es otro. Walmart abre una tienda cada 3 o 4 días en México, pero la mayor parte de sus anaqueles tienen productos traídos de fuera. Lo mismo pasa con lo que exportamos.
En ambos casos lo que faltó fue el enorme esfuerzo de planeación e inversión que se habría requerido para construir los eslabones o cadenas de suministros que hicieran viable la activación de miles de medianos y pequeños productores capaces de ofrecer algo o mucho de lo que compramos fuera. Por el contrario, se contrajeron.
No será fácil resolverlo. Primero, porque para muchos productos la diferencia es abismal entre el precio final que podemos fabricar en México contra lo que cuestan traídos de Asia. Desde luego hay situaciones en las que podríamos ser más competitivos, sólo que ni siquiera lo intentamos.
Y sin embargo, en algún punto debemos comenzar a hacerlo; tendríamos que haber iniciado hace 35 años. De otra manera, sea Morena u otro quien detente el poder, México seguirá atrapado entre crecimientos mediocres o estancamientos porque la restricción es estructural. Sin duda, el empresario mexicano está más cauteloso hoy como resultado de la inestabilidad de los mercados que provoca el tsunami Trump y la desconfianza que genera en muchos de ellos el gobierno de la 4T, pero habría que romper el mito de que antes la inversión privada alcanzaba niveles saludables más allá de esos vagones vinculados a la globalización. Un reflejo de ello es el escaso peso que tiene el crédito bancario en México con respecto a la inversión total o al PIB; significativamente más bajo que en cualquier país de su tamaño, incluyendo América Latina.
¿Qué hacer? La única manera de escapar a la desvinculación entre sectores punta y el resto de la economía es construir, a contrapelo de la inercia, eslabones viables mediante un esfuerzo deliberado y consistente. Incrementar el contenido mexicano en los insumos de lo que fabricamos y en las mercancías exhibidas en anaqueles de los supermercados. Hacerlo aún cuando en algunos casos el precio sea temporalmente superior al extranjero, al menos compensará los riesgos de transporte, aduana, variaciones en la paridad de monedas y otras vicisitudes.
Esto obligaría a gobierno y a empresarios a detectar zonas factibles o blandas, y comenzar con ellas. Una mezcla de varias acciones para determinados negocios o productos que pudieran actuar como un laboratorio o caso insignia: subsidios puntuales temporales, aplicación de tarifas aduanales de manera quirúrgica, exenciones a la inversión en determinados ramos, desatorar restricciones y permisos, ofrecer infraestructura y energía, convencer al comercio mayorista a optar por un determinado artículo nacional y no extranjero donde existan pequeñas diferencias, desarrollar programas especiales de crédito bancario para los negocios elegidos para esos programas punta.
Contra la impresión generalizada, dinero hay en bancos y Afores; lo que no hay son maneras perceptibles de hacer negocios con él por encima de los riesgos e incertidumbres. Al respecto, Morena tiene una ventaja y una desventaja. La ventaja son los 50 mil millones de dólares anuales a los que ha llegado el gobierno de Sheinbaum destinados a los sectores populares, prácticamente un consumo garantizado para comerciantes y fabricantes. Por contra, una percepción de riesgo adicional debida al cambio en las reglas del juego en tribunales e instancias de apelación. Si el gobierno quiere sacar adelante al país con un Plan México en sociedad con los empresarios, resulta poco convincente que en esa sociedad uno de los socios sea juez y parte en cualquier controversia.
Por todas estas razones, es necesario crear una nueva relación con los empresarios. Y no me refiero al centenar que encabeza el mundo de los negocios, con quienes Sheinbaum tiene un buen diálogo, aunque en conjunto apenas superan el 10 por ciento de la inversión privada, sino a los cientos de miles de pequeños y medianos empresarios de los cuales depende la posibilidad o no de generar estas cadenas de suministro que nos hacen falta. Ello requeriría un esfuerzo distinto al que hasta ahora se ha realizado, algo que desearía abordar en la próxima entrega.