Rocha y Sheinbaum, lecturas falsas

Ciudad de México /
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Luis M. Morales

M+.- El frustrado intento de Rubén Rocha para reinstalarse en la gubernatura de Sinaloa deja dos lecciones contrastantes. Por una parte, el hecho de hacerlo sin consultar, o por lo menos avisar, a la Presidenta del país y líder actual del movimiento cuyo partido llevó a Rocha al poder, revela una actitud que persiste entre algunos actores políticos: poner a prueba a Claudia Sheinbaum. Que un gobernador de Morena lo haya intentado ha dado pie a comentarios que atribuyen una debilidad preocupante en el liderazgo presidencial. Según esa lectura, el episodio daría cuenta del desorden, la falta de oficio, la ausencia de mando, las fracturas en el poder y la oposición entre el obradorismo y el “claudismo”.

La paradoja es que el episodio exhibe, al mismo tiempo, las inercias de indisciplina que aún cruzan a la clase política morenista luego de 23 meses de sexenio y la capacidad de Sheinbaum para imponer límites sin necesidad de una confrontación abierta.

Sin embargo, por otra parte, si consideramos el desenlace de esta intentona, esa perspectiva catastrofista queda bastante mal parada. Bastó un mensaje en redes de la Presidenta, en el que expresó su desacuerdo con la decisión del gobernador, para que los mandatarios estatales, los líderes del Congreso y las cabezas de Morena repudiaran unánimemente el regreso del sinaloense. Como sabemos, el gusto le duró 34 horas, pese a que al tratarse de un asunto sujeto a las leyes locales, nada habría impedido que Rocha se mantuviera por el momento en su pequeño trono. A la postre, de haber porfiado en su decisión, el asunto muy probablemente habría derivado en un juicio político en instancias federales.

Quienes atribuyen a López Obrador o a un presunto grupo de radicales de Morena esta intentona de reinstalar a Rocha, y desafiar así a Estados Unidos y al propio liderazgo de Sheinbaum, tendrían que asumir alguna de las dos implicaciones obvias, después de este abrumador espaldarazo a Palacio. O no existió la intervención del expresidente ni de la llamada ala radical; o sí existió, pero su fuerza resultó insuficiente. Incluso una tercera hipótesis, igualmente improbable, sería que López Obrador la hubiera instigado solo para generar ruido. Quienes persisten en la idea de que existe un operador decisivo desde Palenque tendrían que hacerse cargo de que la resolución de este episodio da cuenta, de manera categórica, del creciente liderazgo de Claudia Sheinbaum. Los acontecimientos de este fin de semana envían un mensaje de disciplina al resto de la clase política, por si existía alguna duda.

En mi opinión, lo de Rocha forma parte de un proceso más amplio. Cada relevo en el centro del poder abre la tentación de probar los márgenes de autonomía. No se trata tanto de corrientes políticas e ideológicas ni de confabulaciones del primer piso contra el segundo, sino de intereses personales y lógicas del poder. Más aún en el caso de Claudia, primera mujer en la silla presidencial y sucesora de una conducción tan personalizada y carismática como la de López Obrador. Era evidente que gobernadores, generales, líderes de sindicatos o del Congreso, entre otros, buscarían mayor autonomía tras el retiro del tabasqueño. Lo habría hecho cualquiera que hubiese sido el relevo del fundador.

Lo vimos en el caso de Adán Augusto López, exlíder de los senadores; de Ricardo Monreal, desde la Cámara de Diputados; y del exfiscal general Alejandro Gertz Manero. También ha ocurrido en numerosos incidentes, algunos de conocimiento público y otros no: gobernadores llamados al orden, militares obligados a alinearse a controles administrativos que no conocían y miembros del gabinete que ya no están. Incluso personajes como Fernández Noroña o el propio Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente, pensaron en algún momento que podían ejercer una agenda por la libre; hoy enfrentan una marginación impensable hace apenas un año.

En todos los casos, la Presidenta ha salido fortalecida. Que lo haya hecho con prudencia es otra cosa. Ante los desafíos abiertos en otros frentes (Trump, la violencia o la parálisis de la inversión), Sheinbaum se ha ahorrado el desgaste de purgas escandalosas, órdenes de aprehensión, persecuciones o vendettas políticas. Un cargo en Palacio, una embajada, una llamada de atención o, simplemente, generarles un vacío han bastado para que prevalezca la agenda presidencial. Los imprevistos en la construcción del segundo piso obedecen a otras razones, no a una supuesta resistencia política de facciones internas.

Ahora bien, se trata de un proceso. Probablemente lo de Rocha no será el último desafío. En medio de la rebatiña por las candidaturas a gobiernos estatales y alcaldías importantes, hay un pulso entre los criterios planteados por la Presidencia y las lógicas de gobernadores y hombres fuertes decididos a colocar a los suyos. En muchos escenarios habrá resistencias, intentos de madruguete y manipulación, y no se descarta algún caso de rebelión abierta. Probablemente la mayoría se resolverá mediante acuerdos de conciliación, como suele ocurrir en estos procesos. Pero hay pocas dudas de que, frente a un veto categórico de Sheinbaum respecto a un “impresentable”, la Presidenta logrará imponerse.

En suma, lo de Rocha está lejos de haber concluido. Habrá que ver cómo termina la elección del nuevo gobernador y, sobre todo, el proceso de investigación del exmandatario (y ojalá se resuelva pronto). Pero, por lo pronto, el desenlace provisional fortalece a Sheinbaum. Basta preguntarse si, después del espaldarazo unánime en su favor, alguien como Salgado Macedonio, u otro candidato vetado por Palacio, tiene hoy más margen que hace una semana para lanzarse por la libre. ¿Usted qué cree?


  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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