Sheinbaum, a preparar la sucesión

Ciudad de México /
Alfredo San Juan

Exige tanto tiempo gobernar, que hay muy poco tiempo para pensar en quién va a gobernar después. Y, sin embargo, es una de las responsabilidades fundamentales de un soberano o, como en este caso, de quien ostenta el bastón de mando de la fuerza política en el poder. Si Claudia Sheinbaum y el movimiento morenista están conformes con que Omar García Harfuch o Marcelo Ebrard encabecen la tercera temporada de la cuarta transformación a partir de 2030, no tendrían de qué preocuparse. La propia inercia convertirá a uno de los dos en el candidato previsible. No hay ni de cerca una tercera figura capaz de disputarles una encuesta entre la población abierta, método que hasta ahora ha seguido Morena para elegir a sus ungidos.

Pero algo me dice que muchos morenistas, empezando por el fundador del movimiento, podrían ser de otra opinión. En tal caso, tenemos un problema.

Se me dirá que es demasiado pronto para comenzar a preocuparse por estos temas. No es así. Dentro de tres años los principales contendientes estarán anunciando su deseo de disputar la candidatura. Así lo hicieron Sheinbaum y Ebrard, a principios de 2023, casi año y medio antes de la elección. Sheinbaum debió hacerlo porque Marcelo era mucho más conocido a escala nacional, en ese momento, y la entonces jefa de Gobierno estaba obligada a remontar la diferencia. Primero Ebrard y después Claudia dejaron sus cargos meses más tarde para disputar la elección interna.

Lo que queda claro es que la definición del próximo presidente o presidenta de México no será en 2030, para efectos prácticos, sino en 2029, cuando Morena defina a su abanderado. No se ve por dónde PAN, PRI y Movimiento Ciudadano puedan construir candidaturas capaces de contrarrestar la fuerza del grupo político que hoy gobierna.

Pero en cierta forma es el mismo dilema que tienen algunas corrientes morenistas que se sienten ajenas a Ebrard y a García Harfuch: les quedan menos de tres años para perfilar alguna o varias figuras capaces de competir con estos dos pesos pesados del gabinete de Sheinbaum. Sobre todo, porque ambos seguirán siendo extraordinariamente protagónicos durante el resto del sexenio.

Es altamente probable que el secretario de Seguridad termine convertido en el ministro más exitoso del sexenio, y justamente se trata de uno de los terrenos que más preocupa a la población. El descenso en las estadísticas de criminalidad en menos de año y medio llevan a pensar que ofrecerá resultados notables para el final del periodo. Para Morena representa una tranquilidad, porque realmente el único riesgo de perder las elecciones consistiría en la emergencia de un candidato de derecha capaz de invocar el miedo de los ciudadanos. García Harfuch constituye el antídoto perfecto. Eso lo convierte en un candidato difícil de abatir. Prácticamente, la única manera en que perdería una encuesta de popularidad frente a sus potenciales rivales es no participando en esa encuesta. Es decir, si no se desea que Omar sea el candidato se tendría que negociar para que se abstenga de participar en la competencia. El peor escenario sería que una gestión política torpe de parte Morena termine empujando al hasta ahora disciplinado criminalista a lanzarse por otra vía, y opciones no le faltarían. Quizá improbable, pero no imposible. 

Por su parte, Marcelo Ebrard seguirá recibiendo la atención de los reflectores, cortesía involuntaria de Donald Trump. Al margen de los términos en los que quede la renegociación del T-MEC, las presiones de la Casa Blanca continuarán atormentando a México, su frontera y su comercio. Las habilidades del ex canciller y sus contactos en Washington, que no son solo en materia de comercio, lo convertirán en un protagonista destacado y meritorio hasta el último momento.

No se intenta demeritar a nadie, pero es evidente que cualquier otro miembro del gabinete se encuentra a años luz de la visibilidad de la que gozan los dos mencionados. El titular del gobierno de la Ciudad de México, que en otras ocasiones es un contendiente natural, en esta ocasión no tiene el perfil para competir a escala nacional. García Harfuch ya la derrotó por amplio margen en la competencia interna en la capital.

Todo lo anterior no significa que el movimiento de la 4T carezca de cuadros capaces de hacerse cargo de la Presidencia del país. Tanto en el gabinete como en los gobiernos estatales existen figuras que potencialmente podrían asumir esa responsabilidad. Pero no se trata de eso. Ya no son los tiempos de Díaz Ordaz o Echeverría, en los que el soberano podía imponer a su delfín de manera unilateral. Pese a la popularidad de Morena y a la concentración de poder en el Ejecutivo, el proceso de selección ha adquirido vida propia, amén de la autonomía de los votantes respecto a las autoridades. Resulta evidente, por ejemplo, en la definición de candidaturas para los gobiernos estatales, en las cuales Morena ha tenido que sacrificar a un candidato deseable y optar por un candidato factible.

Lo que está en juego no es poca cosa. El futuro de la 4T, el fenómeno político y social más importante de las últimas décadas, quedará en manos de quien sea designado dentro de tres años. Y, en efecto, es tal la concentración de poder en la Presidencia, que quien la ejerza a partir de 2030 terminará definiendo el tono y el rumbo de esta fuerza política. En este momento, el más probable destinatario de esta responsabilidad está limitada, en la práctica, a Omar García Harfuch y a Marcelo Ebrard. No pretendo en los límites de este espacio abordar las ventajas o desventajas que ofrece cada uno de ellos en caso de ocupar la Presidencia. Simplemente, señalar que gusten o no, hoy llevan una delantera contundente.

Cualquier otra opción, Morena tendría que comenzar a construirla desde ahora. Gobernadores que puedan ser incorporados al gabinete; secretarios, titulares de dependencias o subsecretarios con potencial que sean objeto de mayor visibilidad. Si esa es una estrategia deseable por parte de las cabezas actuales de Morena, se están tardando. Parecería que queda poco tiempo para el enorme rezago que existe frente a los dos punteros. Por el contrario, si se han hecho al ánimo de que cualquiera de estos dos es aceptable, pueden estar tranquilos, porque la campaña presidencial será un paseo.

Lo peor que puede pasar es que al cuarto para las doce, Palacio Nacional y/o Palenque decidan otra cosa. El costo de hacerlo a destiempo podría ser devastador para el movimiento.


  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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