Y sí, sí se pudo

Ciudad de México /
LUIS M. MORALES

M+ No pretendo añadir mayor cosa a lo mucho que se ha dicho sobre la derrota en el quinto partido. Pero antes de pasar página y dejar a los especialistas macerar durante las próximas semanas conclusiones y recomendaciones, convendría poner atención a un detalle significativo. Tras los dos goles ingleses, caídos en rápida sucesión al minuto 34 y 36, sucedió algo que no había visto antes en una selección mexicana. Una peculiar reacción frente a un 2-0 lapidario que parecía poner en su sitio el quién es quién en el futbol mundial y sofocar en definitiva la ingenua pretensión del Tri, y de millones de mexicanos, de haberse tomado en serio la posibilidad de derrotar a la potencia. En el pasado la contundencia de esos dos goles tempraneros habría activado el “chip colonial”, la confirmación de que estamos condenados a perder, la victimización frente a las injusticias del arbitraje y la irresponsabilidad emocional que lleva a romper espinillas y tobillos del contrario como resultado de la rabia y la impotencia.

Pero no sucedió nada de eso. Por el contrario. México respondió como si la anomalía fuese la ventaja momentánea que los ingleses habían tomado, como si se tratase de un equipo centroamericano al que desde hace años hemos tomado por “clientes”. Perdimos, cierto, pero luego de intentar durante otros sesenta minutos romper la barrera en la que se pertrecharon los rivales. Al final pasamos de un 2-0 a un 3-2 angustioso. Los últimos minutos se convirtieron en un tenso asedio en el que cada pelota vertida en el área inglesa provocaba la pérdida de aliento a ambos lados del Atlántico. Cierto que ellos optaron por refugiarse en su área, pero no pudieron conservar el balón en cada ocasión que intentaban controlar el partido.

No pretendo hacer una reseña deportiva, sino recuperar un estado de ánimo, una actitud, que no debe pasar inadvertida. Después de todo, las pasiones que produce el futbol en los países son cosa seria; dicen mucho sobre los sentimientos de la nación, la entereza o falta de ella ante las dificultades. En ese sentido, insisto, algo ha cambiado en nuestra forma de enfrentar la adversidad.

El tema es relevante porque algo de eso, o mucho, tendríamos que extrapolarlo a las circunstancias que afronta el país. El proteccionismo agresivo que ha asumido Estados Unidos nos ha puesto en enormes aprietos. Durante 35 años apostamos a la integración y volcamos nuestros esfuerzos a convertirnos en una potencia exportadora. Y lo somos, pero eso no ha provocado una prosperidad para la mayoría de los mexicanos. Y por desgracia, lo poco conseguido está hoy en riesgo de perderse por las políticas impulsadas por Donald Trump.

Podrían cuestionarse algunos matices, pero me parece que en lo sustancial la respuesta de México ante la hostilidad de Washington y los riesgos que eso entraña, guarda similitud a lo que vimos este domingo en el estadio. Claudia Sheinbaum desde la presidencia y Marcelo Ebrard desde las mesas de negociación comercial, conducen una estrategia muy consciente para sobrellevar el enorme poder desestabilizador que potencialmente tiene nuestro poderoso vecino respecto a la economía nacional; eso implica cuidar cada palabra y cada acción por los efectos desproporcionados que puede desatar una actitud excesivamente permisiva o, por el contrario, demasiado desafiante. México ha sabido “parar los tacos” y responder firme e inequívocamente cuando el desequilibrio entre ambas naciones amenaza con convertirse en abuso.

En última instancia tanto la respuesta del Tri ante lo que podría haber derivado en una goliza, como la estrategia del gobierno ante lo que esencialmente es algo similar, una goliza pero en el terreno comercial o militar, surgen de una misma pulsión: la confianza que resulta de valorar la propia fuerza y apostar por ella.

Cada uno a su manera, Sheinbaum y Ebrard, han señalado una y otra vez algo que de tanto oírlo hemos creído que es mera retórica. Más allá de lo que diga Trump, Estados Unidos necesita de México. Habrá quienes digan que de qué sirve eso, si nosotros dependemos aún más de ellos que viceversa. La vieja cantaleta de que un catarro de ellos se traduce en pulmonía para nosotros. Quizá. Pero el punto no es ese; lo fundamental a la hora de negociar es entender que Estados Unidos no puede desmantelar la integración con México sin provocar un daño sustancial a su economía.

Medios de comunicación y conversación pública terminan siendo influidos por el protagonismo de Trump, lo cual es explicable porque los reflectores están puestos en él. Pero en paralelo a cada exabrupto verbal del presidente respecto a México, hay cientos de horas de análisis y negociaciones entre dependencias políticas, comerciales y de seguridad de ambos países. En esos ámbitos hay un entendimiento realista de la necesidad de llegar a acuerdos.

Sin duda ambos intentan modificar los términos de la vecindad para hacerla más conveniente a sus intereses. México saldrá bien librado sólo si es capaz de creer en sí mismo, si no nos ponemos de rodillas ni asumimos ese chip colonial que logramos desterrar este domingo. El resultado de ese partido estuvo en un hilo hasta el último instante y en realidad no cambió por los azarosos y extraños caprichos que operan en escalas de centímetros y segundos en la melé de un área chica. Pero en lo que respecta a la actitud, algo cambió. En cierta manera, sí se pudo.


  • Jorge Zepeda Patterson
  • Escritor y Periodista, Columnista en Milenio Diario todos los martes y jueves con "Pensándolo bien" / Autor de Amos de Mexico, Los Corruptores, Milena, Muerte Contrarreloj
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