Se olvida

  • ABCD
  • José Cruz Hernández Moreno

León /
Únete al canal de Milenio

Hay una peculiaridad inquietante en la naturaleza humana: la facilidad con la que olvidamos. No se trata solo de un fallo de la memoria individual, sino de un patrón colectivo que se repite una y otra vez a lo largo de la historia. Los seres humanos, como ciudadanos y como individuos, tendemos a dejar atrás con sorprendente rapidez los acontecimientos que marcaron profundamente nuestra existencia, tanto personal como social. Y, lo que es más grave, esa amnesia selectiva nos predispone a repetir las mismas conductas que en su momento nos condujeron al dolor, al conflicto o al error.

En el plano individual, el olvido actúa a menudo como un mecanismo de supervivencia. La mente humana no está diseñada para cargar indefinidamente con el peso de cada trauma, cada fracaso o cada decisión equivocada. El tiempo diluye las emociones intensas: el duelo se suaviza, la vergüenza se atenúa, la rabia se transforma en indiferencia.

En el ámbito colectivo el fenómeno se amplifica. Las sociedades tienen una memoria corta y selectiva. Guerras, crisis económicas, pandemias, dictaduras, genocidios o movimientos de odio dejan cicatrices profundas, pero con el tiempo esas heridas se cicatrizan de forma imperfecta. Las generaciones que no vivieron directamente los hechos los perciben como relatos lejanos, casi míticos. Los libros de historia se reducen a fechas y nombres; los testimonios de los supervivientes se escuchan con respeto, pero rara vez con la urgencia de quien siente que el peligro puede regresar. La opinión pública, influida por el ritmo vertiginoso de la actualidad, desplaza su atención hacia lo inmediato. Un escándalo político que hoy ocupa todas las portadas, dentro de pocos años apenas será recordado. Una crisis que generó indignación masiva se diluye en la normalidad cotidiana. Y cuando las condiciones estructurales —desigualdad, polarización, miedo, ambición de poder— vuelven a presentarse, las sociedades a menudo responden con las mismas herramientas fallidas: la polarización extrema, la búsqueda de chivos expiatorios, la concentración de poder o la indiferencia ciudadana.

Este olvido no es solo pasivo. A veces es activo. Existe una tendencia a reescribir el pasado para que encaje mejor con las necesidades del presente. Se minimizan responsabilidades, se idealizan ciertas épocas o se demonizan otras de forma simplista. El resultado es una narrativa distorsionada que impide el aprendizaje real. La historia no se repite exactamente, pero rima con frecuencia. Las conductas que llevaron a conflictos anteriores —el nacionalismo exacerbado, la desconfianza institucional, la erosión de los contrapesos democráticos, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno— reaparecen bajo nuevas formas y con nuevos justificantes. Cada generación cree, con una inocencia casi conmovedora, que es más sabia o más moral que las anteriores. Esa convicción es precisamente uno de los motores del olvido.

Las razones de esta propensión son múltiples. Psicológicamente, el sesgo de confirmación y la disonancia cognitiva nos empujan a evitar información que contradiga nuestras creencias actuales. Socialmente, el ritmo de la vida contemporánea —marcado por la sobreinformación y la fugacidad de las noticias— dificulta la consolidación de una memoria compartida profunda. Políticamente, a menudo conviene olvidar: recordar demasiado puede exigir rendición de cuentas, cambios estructurales o sacrificios que nadie desea asumir. El optimismo tecnológico y el culto al progreso refuerzan la idea de que “ahora es distinto”, que las herramientas modernas nos protegen de los errores del pasado. Sin embargo, la tecnología no elimina los impulsos humanos básicos: el miedo, la codicia, el tribalismo o la necesidad de pertenencia.

No se trata de vivir anclados en el rencor o en una memoria obsesiva que paralice. El olvido, en dosis moderadas, permite seguir adelante. Pero cuando se convierte en amnesia sistemática, se transforma en una forma de irresponsabilidad. Recordar no es solo un acto nostálgico; es un ejercicio de lucidez. Implica reconocer patrones, identificar debilidades recurrentes y cultivar una vigilancia activa. En el plano personal, significa revisar con honestidad las decisiones que ya nos trajeron consecuencias indeseadas. En el colectivo, implica preservar testimonios, educar con rigor histórico y resistir la tentación de simplificar o idealizar el pasado.


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite