Trump en el tablero de Ormuz

Monterrey /

Apenas iniciará la primavera de 2026 y la administración de Donald Trump se encuentra en una encrucijada que desafía su promesa fundacional de “terminar con las guerras interminables”. El lanzamiento de la Operación Furia Épica, una campaña militar masiva contra infraestructuras estratégicas y nucleares en Irán, ha transformado el escenario geopolítico en un campo de minas electoral. Lo que la Casa Blanca cacarea como una acción decisiva para forzar un “cambio de régimen” o una capitulación nuclear, está generando una onda de choque que amenaza con desestabilizar los cuatro pilares de su presidencia: la economía doméstica, la cohesión del partido, el comercio global y la seguridad nacional.

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca no trajo la paz que prometió en campaña. El estruendo de los misiles sobre Teherán se mezcla ahora con otro ruido más persistente: el de las encuestas que lo colocan en su punto más bajo. Quien aseguró que desmontaría el complejo militar-industrial para traer de vuelta a los soldados de la clase trabajadora terminó lanzando la llamada Operación Furia Épica, una ofensiva que no solo tensiona el frágil equilibrio nuclear, sino que contradice su propia bandera. El America First mutó en una política de intervención que suma ya ataques en siete frentes en poco más de un año.

La contradicción es evidente, el presidente que denunciaba las “guerras eternas” encabeza hoy un conflicto que disparó hasta cinco veces el costo de los seguros marítimos y empujó el Brent hacia los 100 dólares. En la práctica, eso se traduce en gasolina más cara y en un desgaste palpable entre votantes del Cinturón del Óxido, donde cada centavo importa. Los números no ayudan. De acuerdo con Reuters/Ipsos, su aprobación general cayó al 38 por ciento, igualando el peor momento de su primer mandato. La novedad es el enfriamiento entre los hombres, un segmento que fue decisivo en 2024 y cuya aprobación descendió del 50 al 41 por ciento.

Inflación persistente y redadas migratorias cada vez más visibles —con agentes del ICE desplegados con equipo táctico en comunidades enteras— han erosionado la narrativa de orden sin costos. El 65 por ciento de los encuestados considera que la violencia en las operaciones migratorias ha cruzado límites aceptables. A ello se suma un cierre parcial del gobierno por disputas presupuestarias que proyecta una sensación de parálisis en Washington.

En paralelo, el movimiento No Kings dejó de ser consigna marginal para convertirse en un foco de movilización cívica. Las marchas sobre la avenida Pennsylvania cuestionan tanto la escalada bélica como el uso expansivo del poder ejecutivo sin consenso legislativo. Ken Martin, dirigente demócrata, lo resumió con claridad: “Los estadunidenses no ven con buenos ojos a los presidentes que nos arrastran a conflictos mortales, costosos e interminables”. La frase pesa en un año de renovación total de la Cámara de Representantes.

Trump llega así a las elecciones intermedias sin el margen que presume su retórica. Apostó al pulso en el Estrecho de Ormuz. Si la tensión escala y el comercio energético se interrumpe, el impacto no será abstracto: será gasolina, inflación y voto de castigo. En política, como en el presupuesto, las cifras revelan la correlación real de fuerzas. Hoy esas cifras describen a un presidente con 61% de desaprobación, obligado a maniobrar en un tablero donde incluso sus aliados comienzan a moverse por cuenta propia. Y los expedientes indiscretos del millonario pederasta Epstein siguen ahí.


  • José Jaime Ruiz
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