Lo que nos ha enseñado la historia (y los historiadores que se dedican a ella) es que el transcurso del tiempo y su correlativo de sucesos humanos denominado así: “historia”, no es lineal. La historia humana reviste muchos vuelcos y revuelcos. Nunca su desarrollo es lineal, hay subidas, bajadas, vueltas y retrocesos. Pero la historia de los hombres y mujeres en el mundo queda marcada por sucesos relevantes y momentos estelares que tienen correlativa la subjetividad de cada persona: para unos habrán sido sucesos buenos, para otros malos. Y para otros pasarán sin importarles.
Si vemos dos ejemplos podremos entender a qué me refiero: La guerra civil o de secesión en Estados Unidos entre el norte liberal y progresista y el sur esclavista y terrateniente quedará marcada por los sucesos que ocurrieron entre 1861 y 1865, que dieron el triunfo a unos y la derrota a otros. Sus consecuencias fueron inevitablemente desfavorables al sur, porque se erradicó la esclavitud como medio de producción en dicho país. Pero esto también llevó a la industrialización y desarrollo en todo el territorio de la nación.
Las guerras de independencia en cualquier país, generan consecuencias que los países dominantes quisieran evitar, y es evidente que sus mecanismos expoliadores son cuestionados por los independentistas -dominados- generando efectos y consecuencias a muy largo plazo que una parte (dichos liberados) verá como buenos; y los retirados de la dominación (conquistadores o extractores) verán contrarios a sus intereses. Así es el acontecer histórico humano y su interpretación en el contexto del papel que hayan jugado unos u otros bandos enfrentados.
Por eso los factores disruptivos en la historia siempre han determinado resultados históricos permanentes que con el tiempo adquieren su dimensión real. Por eso la “disrupción” -con raíz etimológica en el latín- al hacer su aparición en la realidad histórica humana produce enfrentamientos y genera inconformidades entre intereses encontrados: esa rotura o interrupción brusca (significado de la palabra) hace que le tengamos desconfianza o miedo a lo “disruptivo”. Nos sentimos mejor con lo ya conocido y lo acostumbrado. O lo que abiertamente conviene a nuestros intereses y visión del mundo.
De ahí que los momentos disruptivos en la historia de México –como país independiente y soberano- hayan quedado marcados con enfrentamientos y vidas humanas perdidas. El surgimiento de un nuevo orden social a veces es producto de luchas sangrientas y descarnadas. En momentos disruptivos del país, los impulsores del regreso al status quo anterior siempre fueron derrotados en nuestra historia nacional por las fuerzas progresistas. Una mirada a nuestras guerras civiles nos permitirá entenderlo: independencia, reforma y revolución han sido producto del encuentro entre líderes que han enardecido y convencido a masas humanas a buscar el cambio para lograr mejores condiciones de vida. Pero igualmente los dos imperios fueron derrotados. Las dictaduras que hemos tenido han sido soportadas por largos periodos de tiempo, pero al final vencidas. El elemento disruptivo siempre presente.
Y en el actual momento que vivimos [ocaso del sistema extractivo neoliberal] de polarización política e ideológica, de enfrentamientos y discordias por el poder (y sus medios y herramientas de control), un factor de disrupción hizo su aparición hace cinco años al ganar el poder mediante la fuerza de los votos. Ese factor disruptivo ya había dado muestras -durante su largo camino de ascenso al poder- que sus planteamientos podían convertirse en políticas públicas y que el rumbo del país iba a ser distinto. Lo que la oposición al partido en el gobierno parece no recordar, es que siempre, siempre, en nuestra historia patria esos factores disruptivos han logrado inspirar el futuro. El regreso al pasado nunca ha sido el sueño de las masas.
Y el factor disruptivo que la historia registrará se llama Andrés Manuel López Obrador. Inspiración, motivo de esperanza y mejores condiciones de vida para unos. Y decepción, miedo y enojo para otros. Así será siempre el transcurrir humano. Los opuestos enfrentados según sus intereses. Lo que cuenta es que esa ruptura nos brinde un mejor país en lo general, y en lo particular a cada quien según sus capacidades y talentos. Sin ese objetivo central todo habrá sido en vano.
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