El humano multifacético y la locura (II)

Jalisco /

La semana pasada recibí una comunicación de un lector amigo en relación a esta columna publicada que me dice lo siguiente: “Buen día José Luis. Gracias por tu crónica, por lo que leí, tu ateo [Javier Cercas, escritor de la obra reseñada] va rumbo a la conversión”. Por supuesto que sus palabras me dejaron pensando, y sin llegar a concluir la lectura completa de la obra confieso que he cometido una falta imperdonable: me adelanté hasta las páginas finales para poder cerrar esta colaboración, enterándome lo más próximo de cómo finaliza el libro el autor.

Y si bien esta colaboración tiene como objetivo recordar a las lectoras y lectores que los seres humanos tenemos muchas facetas –como cualquier diamante- y que a veces el blanco predomina, pero otras es el negro el que da la contracara. Entonces como dice Montaigne somos muchos hombres y mujeres distintos durante nuestras vidas. Tenemos conductas que a veces no entendemos: enojos, frustraciones, alegrías, y momentos felices, tristezas, envidias y codicias. Todo esto va haciendo que la vida transcurra frente a las circunstancias dando una vista de muchas facetas, de lo que a veces pensamos que somos uno solamente.

A veces somos peores, a veces mejores. Jamás únicos y permanentes, porque iremos cambiando con el tiempo y las circunstancias. Ya lo dijo el griego Heráclito: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. [Aunque se bañe en el mismo lugar].

En el epílogo, Cercas narra la muerte de su madre, para quién en el viaje a Mongolia con el papa Francisco, buscó hacer las preguntas fundamentales por las que cualquier católico pretende respuestas: “interrogarle sobre la resurrección de la carne y la vida eterna”. Y llevárselas de regreso.

Y resulta que el 1 de diciembre de 2024, cerca de año y medio después del viaje a Mongolia con Francisco, fallece ella: su madre. Pero lo más impactante es lo que viene con el duelo y la descripción de los correos y wasaps atrasados que contestó. Uno de ellos al operador de ese mismo viaje de nombre Lorenzo Fazzini, alto cargo del Vaticano. En el intercambio de correos del momento le avisa de la muerte de su madre, a lo que Fazzini contesta “No te digo que tengas fe. Te digo: ten esperanza” Ante el ofrecimiento de rezar por ella de Fazzini, Cercas da las gracias y hace otra petición: “Si ves al papa, dile que él también recé por mi madre”.

Y señala Cercas: “Era una petición absurda por supuesto: yo sabía que mi amigo no tenía acceso al papa, que no lo trataba con regularidad, y que cuando estaba con él, bastante tenía con no echarse a temblar.”

Y añade algo que jamás esperó:

“En el curso de la comida le hablé a mi mujer de los correos y wasaps que había estado contestando –incluidos los de Fazzini-, pero mientras lo hacía no paraba de pensar en mi madre, pensaba que mi madre ya tenía la respuesta definitiva a la pregunta que yo le había formulado al papa durante nuestro viaje al fin del mundo, me preguntaba si mi madre ya estaría con mi padre (“Con toda seguridad”, había dicho Francisco. “Con toda seguridad”), pensaba en la locura absoluta de la resurrección de la carne y la vida eterna. En un momento dado, mi mujer… me pidió que llamara por teléfono a un viejo amigo a quien acababan de conceder un galardón para felicitarlo. Llamé a nuestro amigo, pero no se puso. Acabamos de comer y emprendimos el camino de vuelta a casa.

“Fue entonces cuando ocurrió … en el momento en que sonó el teléfono ‘Número desconocido’, leí en la pantalla del navegador del coche. Jamás contestó llamadas de desconocidos, así que yo iba a rechazar ésta cuándo mi mujer dijo que debía ser nuestro amigo premiado. ‘Cógelo’ añadió. Lo cogí, activando el manos libres. Una voz vagamente conocida preguntó: - ¿Javier Cercas? –Si- Contesté. –Soy Jorge Bergoglio –dijo con su afonía inconfundible y su inconfundible acento porteño-. El papa Francisco. Viajamos juntos a Mongolia, ¿se acuerda?

“Incrédulo, dije que sí: claro que me acordaba. Por fortuna conducía muy despacio, … Me aparté de la carretera y detuve el coche en un descampado. Entré tanto alcancé a recordar borrosas leyendas de llamadas telefónicas del papa Francisco a víctimas de violencia o de abusos, a gente infeliz, perdida o desesperada, a los desahuciados de la Tierra; naturalmente, no les había dado crédito: era incapaz de imaginarme a un papa llamando por teléfono a personas comunes y corrientes, para consolarlas.

“Me he enterado de que su madre ha muerto –continuó Francisco-, ya sabe lo que decía san Agustín: la muerte de la madre es el primer dolor. –Santidad –acerté a decir-. No tengo palabras para agradecerle su llamada. No tiene nada de que agradecerme- dijo el papa-. Solo quería decirle que rezaré por su madre. Que la tendré presente en mis oraciones. –Se lo agradezco mucho –dije, sin saber qué otra cosa decir-. Y mi madre se lo hubiera agradecido mucho más.

“Hubo un silencio…-Bueno dijo el papá, igual que si lleváramos un buen rato conversando-. Le mando un abrazo. –Un abrazo contesté. Francisco colgó… Lo primero que pensé fue: “Que raro, le he mandado un abrazo al papa”.

Javier Cercas, como cualquier ser humano, usted o yo; también resultó [a pesar de ser un loco sin Dios] alguien multifacético.


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