Un pasaporte es un documento oficial que liga a un hombre o mujer con un estado-nación. Es el símbolo de pertenencia a una comunidad política. Ese documento lo identifica –le da identidad jurídica y pertenencia- para que el estado del cuál es ciudadano o nacional lo “presente” ante las demás naciones del orbe. Por así decirlo.
Hay Estados que protegen a sus ciudadanos que se encuentren en cualquier parte del mundo en la que estén, aunque no residan en este. El ejemplo típico es Estados Unidos de América. Un ciudadano “estadounidense” aunque no resida en ese país seguirá recibiendo la protección de su gobierno porque el criterio de ser “nacional” del mismo deviene en un vínculo jurídico-político indisoluble. Ah, y también fiscal.
Seguirá presentando declaraciones fiscales a su gobierno (a través del IRS, Servicio de Rentas Internas) durante toda su vida. La conexión es imborrable. “Si quieres que mis embajadas y consulados te protejan, tendrás que seguirme pagando impuestos” O al menos declarando, porque hay una serie de créditos y rebajas fiscales que toman en cuenta –mediante tratados internacionales- lo que estos pagan a otros países.
Pero la semana pasada leí una interesante propuesta que hizo en su columna titulada “Escrito en España” la colaboración denominada “Pasaporte Cultural” publicada en Milenio el 08 de agosto pasado, uno de mis favoritos: Arturo Pérez Reverte.
En ella propone [más en broma que otra cosa] que los países cambien el modo de identificación de una persona que es turista –fundamentalmente-, no diplomáticos ni mucho menos, por el criterio de que tanto conoce de cultura.
Critica al turista moderno y superficial que viaja solo para tomarse selfis frente a monumentos históricos y culturales, sin una verdadera apreciación de sus génesis y significado. El turismo masificado consumiendo los lugares emblemáticos “pero convertidos en meros decorados comerciales”. E igualmente reseña como los viejos pasaportes físicos en la Unión Europea dieron paso a los boletos de avión y luego a las aplicaciones móviles.
Así, propone una aduana cultural. Y lo transcribo literal:
“- ¿Algo que declarar?
“-Sí. Como acredita mi pasaporte, leía Burckhardt, conozco la historia de los Médici y se distinguir el Quattrocento del Cinquecento.
“-Excelente. Puede pasar… ¿Y usted?
“-Yo ví un video de treinta segundos en TikTok donde un influencer explicaba todo el Renancimiento mientras bailaba salsa.
“-Lo sentimos mucho, sala de espera número siete. Allí encontrará una biblioteca.
“Naturalmente habría recursos. La denegación solo implicaría un periodo de formación voluntaria: tres meses con Tucídides, un curso sobre Dante, un verano con Montaigne, nociones elementales de Goya… Millones de turistas irían a un saludable limbo pedagógico, las colas desaparecerían, el Prado recuperaría el silencio, la Biblioteca Ambrosiana volvería a parecer una biblioteca, Venecia dejaría de funcionar como un parque temático…”
Claro que concuerdo con lo que señala Pérez Reverte. Necesitamos turistas que quieran el conocimiento y la cultura y no simples “subidores” de selfis y reseñas en redes. Aunque sea poco y con medida; que sepan distinguir a Goya de Velázquez o el Greco. Que sepan de Voltaire y de Víctor Hugo. De otra manera la cultura occidental está en peligro porque solo se convierte en un “parque temático” como él lo dice.
Y concluye Pérez Reverte: “El problema del turismo contemporáneo no es la cantidad de personas que viajan, sino la turba voluntariamente analfabeta que satura aeropuertos, museos y lugares sin intención de explorar en serio la única geografía que realmente explica el mundo que patean y degradan: la del conocimiento. Ese utópico pasaporte cultural preservaría no sólo tres mil años de memoria, sino también la idea misma de cultura: la única frontera que a estas alturas del disparate europeo vale la pena defender.”
Y sí. Ir a ver leones y hienas a África, Budas a Asia o museos a Europa es parte de algo degradado: un turismo de masas que más que un pasaporte físico requiere de un pasaporte cultural como propone este autor. Pero sí alguien pretende ir a los casinos de Las Vegas a apostar, más que cultura necesita dólares. Aunque también pesos, euros, renminbis, libras o yenes para otros lugares. El mundo es grande y la ignorancia pareciera que… también.