Desde lo que percibimos en muchos de los medios de comunicación y redes sociales nos parecería (y así quieren que lo captemos) que estamos en un país a punto de arder o francamente incendiado.
Los partidos políticos de oposición (es un decir) le echan gasolina a la hoguera y buscan generar alianzas internacionales con poderes extranjeros o expresiones del espectro político de derecha o ultraderecha (poderes fácticos) repitiendo lo que en su momento en otras etapas de nuestra historia otros hicieron: frente a la pequeñez de ideas y de acción, y la escasa conciencia para poder entender lo que las mayorías (en el conjunto de la pluralidad) quieren o buscan con su diario existir, y prefieren invitar a una fuerza extranjera para que sus deseos se conviertan en realidad sin esfuerzo. Faltaba menos.
Pero eso nos habla de una conciencia social y moral extraviada o de la falta absoluta de ambas, que ocultan en el fondo lo de siempre: el interés por la lujuria del poder y del dinero.
Y para poder entender lo que a la derecha y oposición le ha faltado, y también la izquierda en cualquiera de sus expresiones le han regateado a México como nación; es el comprender nuestra realidad social insertada en la urdimbre de lo que somos como historia, como cultura y como producto de las relaciones sociales desde que formamos parte del “nuevo mundo” de América.
Y para ello me permito traer a cuenta dos párrafos de uno mis autores favoritos, Herman Heller, quién en su obra Teoría del Estado [escrita más desde la perspectiva de la realidad social y sus relaciones, que de la teoría política] da una pincelada a lo que somos, pero los políticos en interés propio pretenden permanente ignorar de forma colosal:
“A propósito de la cuestión de la ‘realidad’ de los grupos humanos será bueno recordar aquel pasaje de Hugo von Hofmannsthal en su Libro de la amistad: ‘El hecho —dice— de que nosotros los alemanes llamemos a lo que nos rodea ‘Wirklichkeit’, de ‘wirken’, efectuar, y que los europeos latinos le llamen ‘realidad’, de ‘res’, cosa, revela una radical diferencia de espíritu, y que ellos y nosotros nos encontramos ante el mundo en una actitud diferente’. De hecho, si nos ponemos en el punto de vista de la relación pura sujeto-objeto, el grupo no es nunca, en verdad, una parte “de lo real, en el sentido de lo objetivo que está fuera de nosotros” (Jellinek, p. 136). La realidad social no es más que acción humana y sólo admite una separación dialéctica, nunca mecánica, entre subjetividad y objetividad. La existencia de una realidad y de una efectividad sociales independientes del hombre podrá constituir un problema teológico, pero nunca un problema sociológico. La realidad social del grupo humano es también acción sensible y significativa de la unidad en y por la pluralidad de los actos humanos. Ella no es nunca, sin embargo, meramente orgánica, sino siempre unidad organizada en la pluralidad”. (p.96)
Y así este columnista afirma que la esencia de la nación es estar unidos en la pluralidad del grupo social que “subjetivamos” al formar parte (vayamos a donde vayamos) en nuestro diario dar vueltas en la órbita terrestre y en el anuario de la traslación al sol. Acción humana para construir grandeza colectiva, no individualidades egoístas. Pero llevamos doscientos años divididos por intereses mezquinos que nos han hecho perder guerras y territorios (Santana, los Bustamante, Picaluga, Miramón, Mejía, -Miguel- López, Huerta y muchos apellidos más dan cuenta de las traiciones, -y que conste que la mención es enunciativa y no limitativa).
Y va el siguiente aporte de nuestro autor Heller a esta columna:
“Ahora bien: todas las funciones de la vida del hombre son funciones sociales, o sea que sólo las tiene el hombre en cuanto vive en sociedad con otros hombres. Fuera de ella sería, según la frase clásica de Aristóteles, un animal o un dios. Pero esas funciones de la vida del hombre son también funciones sociales en el sentido de que representan, aunque en grado históricamente muy diverso, momentos importantes del todo social que a sí mismo se sostiene y transforma. Pues, aunque distingamos, aquí y en otras partes, entre acciones voluntarias internas y externas, no debe nunca olvidarse que, sobre esta separación dialéctica, impera la unidad del hombre que actúa, quien suele albergar las reservas de energía de su efectividad social en un rincón de su persona íntima.
La teoría del Estado tampoco puede renunciar a un análisis del conjunto de la conexión de efectividad social, tanto para poder aislar el Estado en la totalidad social como para comprenderlo, partiendo de ella, en su función, en su estructura y en la tendencia de su evolución. (p100)”
Y parece que en esta gran nación hemos olvidado que somos todos los que la construimos día con día. El “agandalle” de unos en detrimento de otros nos ha llevado por guerras civiles y revoluciones. La nación se ha construido basada en las envidias, las ansias de riqueza, poder y la fuerza de las armas. Y eso nos tiene como al principio: en riesgo permanente. (Continuará)