El temor que nos mueve a protegernos

  • Columna invitada
  • Josué Becerra

Monterrey /

El miedo moviliza masas. La respuesta multitudinaria de la ciudadanía al llamado a vacunarse contra el sarampión lo confirma. Si bien las autoridades han advertido sobre el peligro de un virus capaz de contagiar hasta 18 personas por cada infectado, es el recuerdo latente de la tragedia del covid-19 lo que llevó a familias enteras a acudir a los centros de vacunación y soportar filas de horas con tal de recibir una dosis.

En términos proporcionales, las cifras de sarampión aún podrían no considerarse alarmantes. A la fecha se reportan cerca de diez mil casos confirmados en el país, concentrados en ocho estados y con mayor incidencia en población infantil. Sin embargo, en un México con alta movilidad migratoria y medidas de contención limitadas, el riesgo de expansión resulta prácticamente inevitable.

En este contexto, las teorías conspirativas sobre las vacunas han sido superadas por una reacción más arraigada: la protección familiar, especialmente hacia los niños. Y más allá de ellos, ¿cuántos adultos revisaron sus cartillas de vacunación o evocaron el recuerdo de las ronchas características del virus para confirmar si estaban protegidos? Ese ejercicio de revisión y prevención refleja un avance en la cultura de la salud pública.

Pero la voluntad ciudadana por sí sola no basta. Corresponde a la autoridad garantizar el abasto suficiente de dosis y un plan de aplicación eficiente que evite desalentar a la población con largas esperas. Si la Secretaría de Salud proyecta disponer de 27 millones de dosis y aplicar alrededor de 2.5 millones por semana, en un plazo aproximado de dos meses podría alcanzarse una cobertura de inmunización nacional significativa.

Aunque hoy el foco esté puesto en el sarampión, no debe minimizarse el impacto de la influenza estacional y sus variantes, que continúan cobrando vidas y dejando secuelas respiratorias en amplios sectores de la población.

Todo ello alimenta un temor colectivo: al riesgo de perder la vida, al regreso de restricciones sanitarias o incluso a la incomodidad de retomar medidas como el uso de cubrebocas. Sin embargo, es precisamente ese temor el que empuja a la prevención, a la conciencia sanitaria y a la decisión de vacunarse. Un temor incómodo, sí, pero socialmente necesario. Un temor que, bien encauzado, protege.


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