Hoy pido permiso para tomarme una libertad reflexiva sobre un asunto que nada tiene que ver con problemas sociales. Hoy me atrevo a reflexionar sobre algo más íntimo, de experiencia personal. Estoy en un periodo vacacional en medio de asuntos familiares que me han causado una profunda revaloración de los momentos, las personas y los lugares.
Despedir a un ser muy querido para luego celebrar una reunión familiar de aniversario en tierras entrañables de mi infancia hacen de este viaje una experiencia sumamente nostálgica. Pero lo más enriquecedor es hacer este recorrido junto a mi madre.
Mi tía dejó tan claro el detalle de su despedida terrenal, que mis primos se encargaron de cumplir hasta el último deseo para aliviar el dolor. Incluso el de no posponer una celebración de alegría por el aniversario matrimonial de la misma familia. La fiesta, como la vida, debe seguir, con el debido duelo, pero también con la madurez emocional que lo permite.
¿Qué pensaría cualquier persona ajena al círculo familiar sobre celebrar en medio de un luto? Es algo que inevitablemente habrán de criticar y que poco importa para quienes sí les concierne: la familia.
Comparto esto por el significado que me marca: lo efímero e inesperado de la vida, pero al mismo tiempo el gozo por la plenitud que deja la trascendencia de la fe y el amor por los demás. La importancia de recordar de dónde y de quiénes venimos, para homenajear nuestras raíces con humildad y agradecimiento.
Y lo más enriquecedor: poder acompañar en vida a mi madre, así como ella lo hizo conmigo por esos lugares de la infancia. Caminar por la calle donde me enseñó a dar mis primeros pasos, hasta correr, pero ahora con su andar lento. Hacerlo hoy no tiene más que una recompensa divina.
Gracias a la vida.