Juana María es enfermera y fue heroína de la primera línea de atención durante la pandemia de covid-19. Se contagió y le quedaron secuelas. Hoy se siente humillada por la institución que tanto defendió, aún trabajando con insumos limitados y un salario insuficiente. Indignada, labora bajo protesta y se manifiesta bloqueando calles afuera de la Clínica 29 del IMSS.
Las protestas llevan un par de semanas, pero las condiciones se conocen desde hace mucho más tiempo. La crisis de insumos y la precaria infraestructura en las instalaciones de atención médica ya forman parte de la memoria colectiva. Todos hemos escuchado o vivido de cerca la falta de insumos básicos y de medicamentos que los familiares de pacientes han tenido que costear para la recuperación de los suyos. Los medios hemos mostrado imágenes crueles de adultos mayores o personas en silla de ruedas cargadas por las escaleras porque los elevadores no funcionan. Insisto: nada nuevo.
Lo nuevo es que sean los propios empleados, hartos de la situación, quienes alcen la voz para exigir una solución. ¿Por qué hasta hoy? Antes de pensar en oportunismos políticos o sindicales, está la realidad de una institución en terapia intensiva que ha llevado a la desesperación a su medio millón de trabajadores de la salud.
Y entonces, ¿por qué presumir grandes inversiones en nuevas clínicas y hospitales cuando estas condiciones son del conocimiento de todos? La respuesta es que sólo se escuchará y revisará a las 277 unidades que se han manifestado, de las mil 780 que existen en el país, para atender y resolver dónde se está atorando la distribución de insumos y medicamentos. La revisión salarial y de las condiciones laborales se hará por medio de la Secretaría del Trabajo.
Mientras eso sucede, Juana María, sus miles de compañeros de enfermería y personal médico, y los millones de derechohabientes que pagan sus cuotas seguirán poniendo de su bolsa para garantizar el derecho humano más importante: la salud.