Al entrenador, estratega, triunfante, glorioso, enfático y empático, lo vimos levantar la gran copa “Orejona” como premio por ser el director técnico del mejor equipo de Europa y del mundo.
A ese mismo personaje lo pudimos observar de rodillas, en señal de súplica, antes de concluir una jugada en el segundo tiempo de la final de la Champions donde su equipo había perdido la pelota de manera inocente en zona de alto riesgo que a la postre su portero se encargó de salvar.
Postrarse fue un acto instintivo, solicitando misericordia porque el gol en contra era inminente. Guardiola nada podía hacer en tal jugada.
Le quedó implorar, esperar que alguien salvara a favor de su equipo porque el error muy humano se había gestado en contra de sus designios.
Esta jugada de la final de la Champions, bien o mal descrita ahora, es la prueba irrefutable donde el mismo entrenador se encuentra a merced de lo imponderable de lo que está fuera de su control.
Es responsable de las ideas estratégicas emanadas de su inteligencia pero no puede hacer que todos los movimientos de sus dirigidos tengan el final feliz que él desea.
Lo que aquí se intenta expresar es que a la postre, el director técnico también tiene sus serios límites, obligado a esperar lo que otros hagan bien o mal.
Hemos abusado de lanzar loas y alabanzas a los entrenadores de todo el mundo.
Algunos ingenuos creyeron que el “Tata” Martino era el ideal para que nuestro futbol hiciera lo mejor de la historia.
Fue el peor. Bendita Champions.