Los jugadores del Santos, les guste o no, son los únicos responsables del muy mal momento del equipo. Ellos no actuaron bien cuando se les requería.
Ahora se consideran no exigidos para poder terminar con cierta decencia el torneo.
Esto es sinónimo de falta de responsabilidad y ausencia de compromiso.
Parece no importarles la situación que viven. Si no se sienten exigidos, obligados, es lo mismo a decir que no tienen interés en mejorar. Les da igual lo que suceda.
Este presente jamás se había tenido en la historia. Desgano, falta de compromiso, intereses ambiguos ante una adversidad que, desgraciadamente, parece haberse apoderado de esta organización.
Nadie levanta la voz capaz de convencer a la afición para que pueda reaccionar ante la severa incomodidad.
Si de suyo los resultados en el campo no alientan, las conductas a través de sus posturas tampoco generan entusiasmo para poder creer en ellos.
Tienen la obligación de ganarle al América para mantener la esperanza que de suyo ya es tenue.
Jamás habíamos tenido un grupo de Albiverdes tan distante de la emoción que siempre provocan los buenos resultados. Tan lejos de la gente y tan cerca del reproche.
Lejos de la esperanza y muy cerca de la decepción. Este caos lo organizaron ellos, los jugadores, que han sido incapaces de mostrar una reacción convincente.
La región lagunera se ha convertido en la burla de otros porque la institución descuidó su propio patrimonio.
Buscando aplauso en otros lados generó una fractura severa con la emoción de la gente.