Cristóbal Colón pasó de ser una figura indiscutible en los libros de texto al villano favorito de la historia actual. Hoy, analizar su figura exige la apología ciega o la condena absoluta. Pero cuando la historia se juzga con la visceralidad del presente, la verdad es la primera en caer. Cada 12 de octubre la misma trinchera se reaviva: ¿celebramos un encuentro de dos mundos o condenamos el inicio de una barbarie?
Para entender el verdadero impacto de 1492, hay que derribar el mito de que Colón zarpó de Palos con la visión de fundar un imperio opresor, implantar la esclavitud o provocar un colapso demográfico. Su meta era un frío objetivo comercial: abrir una ruta marítima hacia las Indias para traficar especias y saltarse el bloqueo del Imperio Otomano.
Cargar a un solo hombre con todos los males, abusos y desigualdades que han azotado a este continente durante cinco siglos no es justicia histórica, sino simplificación cómoda. La dominación, el sistema de encomiendas, el tráfico de esclavos y la catástrofe epidemiológica fueron procesos estructurales y devastadores que se prolongaron durante siglos y excedieron por mucho la vida, la voluntad y la capacidad del almirante genovés.
El debate dejó las aulas y tomó las calles. El ejemplo más claro ocurrió en octubre de 2020, cuando el Gobierno de la Ciudad de México retiró la emblemática estatua de Colón de una glorieta del Paseo de la Reforma. Lo que comenzó bajo el pretexto de un “mantenimiento” terminó en una sustitución política: el navegante fue reemplazado por la Joven de Amajac, una réplica de una escultura huasteca.
El acto encendió una mecha global. Desde Washington hasta Bogotá, decenas de monumentos han sido pintarrajeados, derribados o arrastrados a bodegas. Quienes aplauden su caída sostienen que retirar una estatua no borra la historia, sino que limpia el espacio público de símbolos colonialistas: las plazas no están para enseñar historia pura, sino para honrar los valores que elegimos celebrar hoy.
Pero la contraparte académica advierte sobre una trampa peligrosa: el anacronismo moral. Pretender juzgar el comportamiento de un marinero del siglo XV con los códigos éticos de una app del siglo XXI es un ejercicio de soberbia e ignorancia. Tumbar estatuas corre el riesgo de convertirse en una catarsis estética que da likes en redes, pero que no le devuelve una sola hectárea de tierra ni resuelve la marginación real que sufren hoy los pueblos indígenas en México y en América.
La gran ironía de condenar a Colón es que, al hacerlo, pretendemos negar el parto mismo del mundo moderno. Lo que desató aquel viaje de 1492 fue una auténtica revolución en el comercio mundial y la primera gran globalización de la historia. Por primera vez, dos hemisferios aislados quedaron interconectados para siempre. De América salieron el maíz, la papa, el jitomate y el cacao para redefinir la alimentación del planeta; a nuestro continente llegaron la ganadería, el trigo, la tecnología del hierro y las grandes corrientes del pensamiento universal.
En el centro de este nuevo engranaje planetario no estuvo Europa, sino la propia Nueva España: gracias al Puerto de Acapulco y a la legendaria ruta del Galeón de Manila, nuestro territorio se convirtió en el epicentro y referente absoluto del comercio global, conectando en una sola red económica a Asia, América y Europa.
Nuestra cultura, nuestra comida, nuestro idioma y nuestra propia sangre son el resultado directo de ese choque tan sangriento como fascinante. Pretender purificar el pasado quitando estatuas es una ilusión infantil.
Al final, queda una pregunta sobre la mesa: ¿Remover los bronces del pasado nos hace una sociedad más justa, o solo nos convierte en una civilización experta en esconder sus contradicciones debajo de la alfombra? Si la solución a los males de México fuera derribar monumentos, la desigualdad ya habría desaparecido hace mucho tiempo.