Las buenas maneras: ética mínima para tiempos ásperos

León /

Hablar hoy de buenas maneras es casi un acto incómodo. En una cultura que premia la ruptura y la irreverencia, cualquier llamado al respeto básico se etiqueta como nostalgia o rigidez. Sin embargo, la pérdida de la cortesía no es un detalle menor: es un síntoma del deterioro de nuestra convivencia.

La descortesía se ha normalizado y, en muchos casos, se celebra. En redes sociales, el agravio y la descalificación inmediata generan aplausos. La grosería se volvió rentable; el respeto, prescindible. Durante décadas, los medios cuidaban el lenguaje y transmitían cierta disciplina verbal. Hoy, la vulgaridad y el sensacionalismo han convertido la palabra en ruido y la cortesía en un lujo innecesario.

Uno de los errores más graves de la comunicación contemporánea es creer que la grosería da fuerza a un argumento. La potencia de una idea no está en el insulto, sino en la claridad y en la capacidad de sostenerla sin atropellar al otro. Esperar turno, argumentar sin humillar y reconocer al interlocutor son gestos mínimos que hoy parecen cargas inútiles.

La pérdida de respeto hacia los mayores es otro síntoma. La experiencia y la edad se usan como motivo de descalificación. En el debate público, la descortesía se ha institucionalizado y termina por normalizar la agresión como forma cotidiana de interacción.

La relación entre hombres y mujeres refleja también esta confusión. En el intento por desmontar viejas estructuras de dominación, se ha descartado la cortesía, asociándola erróneamente con subordinación. El resultado no es mayor respeto, sino frialdad o agresividad. La igualdad no se construye suprimiendo las buenas maneras, sino reafirmándolas desde la reciprocidad.

La erosión de la cortesía se nota incluso al conducir. La lógica de la competencia sustituye a la cortesía vial. Usar la direccional parece un signo de debilidad; respetar el turno en una fila se percibe como ingenuidad. El resultado es un tránsito más áspero y más inseguro.

En las grandes ciudades la prisa y el anonimato han cambiado nuestros hábitos, caminamos entre multitudes sin mirar a nadie, compartimos espacios sin apenas reconocer al otro. En contraste, en las pequeñas poblaciones todavía sobrevive la costumbre de saludar, de detenerse un instante para preguntar cómo va la vida. Ese gesto mínimo, que parece insignificante, marca una diferencia enorme, en un pueblo el saludo construye comunidad, en la ciudad la indiferencia levanta muros invisibles. Es sorprendente cómo hemos normalizado el silencio entre vecinos, como si la densidad poblacional justificara la pérdida de cercanía.

En este contexto, el Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño resulta sorprendentemente vigente. No es un catálogo rígido, sino un recordatorio de que la vida en sociedad exige responsabilidad sobre cómo tratamos a los demás. La educación no se limita al conocimiento, también se expresa en el comportamiento.

Defender las buenas maneras no es nostalgia ni imposición. Es reconocer que sin normas mínimas de respeto la convivencia se vuelve inviable. La cortesía no limita la libertad, la hace posible. Es el lenguaje común que permite coexistir incluso en medio del conflicto.

Y aquí está el punto de debate: cuando una sociedad prescinde de la cortesía, no se emancipa, se degrada. El cuidado se sustituye por ruido. El diálogo por fricción. El respeto por sospecha.

La grosería no es valentía, es pobreza de pensamiento. El insulto no es argumento, es vacío disfrazado de fuerza. La descortesía celebrada como autenticidad no construye libertad, destruye convivencia. Convertir la agresión en norma es renunciar a la civilización. Aplaudir la grosería equivale a legitimar la barbarie cotidiana.

Lo que se pierde no es solo el lenguaje. Se pierde la posibilidad de convivir. Y con ello, las bases mismas de la vida en común. El deterioro social comienza ahí, en la renuncia a las buenas maneras como ética mínima para tiempos ásperos.


  • Juan Manuel Díaz Organitos
  • General retirado del Ejército Mexicano
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