Hay heridas que no se cierran porque se insiste en tenerlas abiertas. El 68 es una de esas cicatrices que periódicamente vuelve a doler, no porque se quiera revivir el conflicto, sino porque México, con una puntualidad casi trágica, regresa a los mismos patrones que lo hicieron posible.
El movimiento estudiantil no surgió de la nada, fue la consecuencia de instancias que habían dejado de escuchar, atrapadas en su lógica de control y en una idea equivocada de estabilidad. Los jóvenes tomaron las calles porque no encontraron un canal para ser atendidos, y la atención inadecuada terminó por incendiar la capital del país.
La historia suele contarse desde la política, pero el 68 también golpeó la vida económica y social. Comercios cerraron, prestadores de servicios suspendieron actividades y la iniciativa privada sufrió daños que rara vez se dan a conocer. El conflicto no distinguió entre estudiantes, autoridades o ciudadanos comunes; cuando un país entra en crisis, todos pagan.
La quema de camiones del servicio público afectó a transportistas, concesionarios y miles de usuarios que dependían de ellos para trabajar, estudiar o ir y venir a casa. Entre esos camiones hubo uno —emblemático de una línea de transporte citadino— que quedó reducido a cenizas. Ese recuerdo será descrito próximamente, porque también forma parte de lo que el 68 nos arrebató y de lo que no debemos permitir que vuelva a repetirse.
Se plantea una pregunta de difícil respuesta: ¿tiene sentido seguir hablando del 68, insistir en hechos ya analizados, discutidos y, en algunos casos, juzgados? Sí, pero no para dividir. Hablar del 68 tiene sentido porque la memoria es un mecanismo de prevención; no se trata de abrir heridas, sino de evitar que vuelvan a sangrar. El verdadero riesgo no está en recordar, sino en repetir.
Si bien las manifestaciones masivas se concentraron —en el entonces Distrito Federal—, también surgieron expresiones de inconformidad entre estudiantes universitarios de Michoacán, Puebla, Coahuila, Durango, Nuevo León, Oaxaca, Sinaloa, Veracruz y Yucatán. La dispersión fue limitada, porque la información no circulaba con la rapidez ni la amplitud que hoy conocemos, lo que hacía que muchos brotes de protesta quedaran aislados y con poca capacidad de articulación nacional.
Actualmente hay señales que deberían preocuparnos: estructuras que se cierran sobre sí mismas, voces que descalifican la crítica, tensiones que se atienden tarde, narrativas que convierten la inconformidad en amenaza. Todo eso ya lo vimos, todo eso ya lo vivimos y todo eso ya nos costó vidas, estabilidad y confianza.
El 68 impulsó cambios profundos, pero ningún avance es irreversible. La apertura política, la participación ciudadana, la exigencia de transparencia pueden erosionarse si el país deja de cuidarlas. La memoria no es un ancla que detiene; es viento que da rumbo y advierte cuando se empieza a caminar hacia el mismo precipicio.
No se trata de revivir y señalar bandos o culpables, sino de reconocer que el conflicto social, cuando escala, afecta a todos: estudiantes, instituciones, empresas, transportistas, ciudadanos. La historia no distingue colores ni credenciales; cuando se incendia un camión, cuando se paraliza una ciudad, cuando se fractura la confianza, el daño es colectivo.
Recordar el 68 es un acto de responsabilidad, no de confrontación. Es una invitación a pensar qué tipo de país queremos ser, uno que aprende de sus errores o uno que los repite; uno que escucha o uno que se encierra; uno que entiende que la inconformidad es parte de la vida democrática o uno que la interpreta como amenaza.
Las heridas del pasado no deben dividirnos, deben alertarnos y unirnos en la convicción de que México no puede volver a caminar hacia el mismo conflicto que marcó a generaciones enteras al incendiar plazas, calles y camiones. La historia ya habló. Lo que está en duda es si vamos a escucharla.