Hay direcciones que no solo indican un domicilio: guardan un mundo entero. Para mí, esa dirección es Manuel Doblado 221, en Cortazar, Guanajuato. No es una casa, es un territorio emocional. Un punto en el mapa donde la infancia se quedó detenida, intacta, como si el tiempo hubiera decidido hacer una pausa solo ahí.
Llegar a Cortazar era entrar por el corredor de sauces llorones que flanqueaba la carretera. Dos kilómetros de ramas inclinadas, como si los árboles saludaran a quienes regresaban. Cuando la vialidad era de un solo sentido por cada lado, ese túnel verde parecía interminable.
El viaje tenía su propio ritual. Había un recorrido directo de la Flecha Amarilla; que duraba casi cinco horas, pero cruzar el Puente Tresguerras, a la entrada de Celaya, y ver el letrero “La Puerta del Bajío” era una promesa: ya casi llegábamos.
Para llegar a Manuel Doblado 221 había otro gesto que recuerdo con una mezcla de ternura y asombro. El camión nos dejaba en el Jardín Principal, con sus ficus recortados en copas perfectas, impecables hasta hoy. Lo que nunca entendí —y todavía me arranca una sonrisa— es cómo, desde ahí, tomábamos un taxi para recorrer apenas una calle y media. Tal vez era comodidad, tal vez costumbre, tal vez la emoción de llegar “como se debe”.
Mis padres me hicieron oficialmente del entonces Distrito Federal, pero mi memoria insiste en otra verdad: yo me siento de Cortazar desde mi bautizo. Tal vez por eso, cada vez que regreso —aunque no lo necesite— entro a la Parroquia de San José y pido una copia de mi fe de bautizo. No es un trámite, es un gesto simbólico, una manera de renovar mi alianza con esa pequeña ciudad que me adoptó antes de que yo pudiera hablar. Al recibir ese papel timbrado, siento que recupero un pedazo de mí mismo. Una confirmación silenciosa de que, más allá de los documentos oficiales, mi historia comenzó ahí.
Los días siguientes eran de visitas a los tíos y los primos. La tía Eustaquia, siempre cerca del fogón, atendiéndonos con atole de masa, tortillas hechas a mano, frijoles y una salsa que sabía a hogar. Su hijo, el tío Juve, regalándome cosas de su tienda. Los tíos Manuel y Petra, los tíos José y Esperanza, la tía Otilia. Y los primos: David, Cecilio, Oliva, Ana, Jorge, Mónica, Angelina, Lucha, Paty. No mencionar a todos no es ingratitud, sino simple mala memoria.
Y entre todos esos rostros queridos, aparece siempre la tía Carmela, recibiéndonos con una alegría desbordada. A su avanzada edad caminaba hasta el mercado Hidalgo para comprar lo necesario, llenar su mesa y decir con un gusto inmenso: “¡coman!”. Esa escena se repitió una y otra vez, casi hasta el día en que dejó este mundo a los 102 años. Era su manera de abrazarnos, de decirnos sin palabras que en esa casa siempre habría un lugar para nosotros.
Nunca fallábamos en Corpus y en Todos Santos. Los alfeñiques, brillantes y frágiles, alineados como pequeñas obras de arte. Y en la calle Sóstenes Rocha, los quemados y los jamoncillos preparados por las tías Chucha y María, y las primas Eva y Toya.
Cortazar también era los paseos locales: el Cerrito Colorado, que parecía una montaña cuando uno era niño, y el Río Laja, que entonces llevaba agua, junto con el Puente Colgante, eran escenario de tardes enteras.
Y desde ahí, los viajes por todo el Estado: Irapuato, León, Salvatierra, Acámbaro, Salamanca, Guanajuato, el Cerro del Cubilete y Villagrán, donde hay más familia.
Hoy, cuando pienso en Manuel Doblado 221, no veo solo una fachada. Veo un tiempo que ya no existe, pero que sigue vivo en la memoria. Los sauces llorones ya no están como antes, la carretera cambió, la ciudad creció, la Flecha Amarilla es otra, y la vida nos llevó por caminos distintos. Pero la nostalgia —la que ilumina, no la que duele— sigue ahí.
Porque hay lugares que no se visitan, se llevan dentro. Y Cortazar, con su dirección precisa y su mundo alrededor, no se olvida, aunque uno, por azares del destino, difícilmente vaya a regresar.