Septiembre y la lección pendiente

León /
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En el calendario cívico, la memoria se llena con el eco del Grito de Independencia y la exaltación de la gesta de Chapultepec. Sin embargo, al revisar la historia sin apasionamiento, septiembre —junto con las sombras de agosto— resguarda también uno de los capítulos más desgarradores de nuestra historia: la invasión estadounidense de 1847.

El invasor no encontró una muralla inquebrantable, sino la tragedia de un país fragmentado. En un México que sumaba 7 millones de habitantes dispersos en un vasto e incomunicado territorio de más de 4 millones de kilómetros cuadrados, y con una capital que albergaba a 200 mil almas, la idea de una patria unida aún era frágil. Entre 1821 y 1847 se habían producido cambios de gobierno y rebeliones internas. Mientras la cúpula política se dividía y Antonio López de Santa Anna anteponía el protagonismo y las disputas personales a la estrategia militar, una sociedad sumida en la pasividad observaba el avance enemigo.

Frente a esa fragmentación, el ejército invasor penetró en el Valle de México con una fuerza compacta, disciplinada y bien equipada. Aunque en el papel las fuerzas mexicanas sumaban casi el doble de los efectivos estadounidenses, la falta de armamento moderno y sus municiones, los mandos enfrentados y el abandono logístico sentenciaron cada choque.

Padierna (19 y 20 de agosto). El general Gabriel Valencia y su División del Norte sostuvieron con bravura el embate en el Pedregal de San Ángel. Sin embargo, la brecha política entre Valencia y Santa Anna permitió que las fuerzas mexicanas fueron flanqueadas y masacradas.

Churubusco (20 de agosto). En el Convento de San Mateo, el general Pedro María Anaya, junto al valiente Batallón de San Patricio, resistió hasta el último cartucho. Cuando el invasor exigió la entrega del armamento, Anaya pronunció la frase inolvidable: “Si hubiera parque, no estaría usted aquí”. La munición equivocada enviada desde la capital selló la caída del reducto.

Molino del Rey (8 de septiembre). El general Antonio León y el coronel Lucas Balderas —quien antes de ser herido de muerte exclamó: “Pobre patria mía”— cayeron heroicamente al frente de sus hombres, demostrando que los soldados mexicanos luchaban con fiereza a pesar del caos y el abandono imperantes.

En este escenario destaca la presencia del Batallón Guardacostas de San Blas. Para acudir al auxilio de la patria, estos hombres completaron un recorrido extraordinario desde las costas del Océano Pacífico hasta las inmediaciones de Xalapa y culminaron retornando al Valle de México.


  • Juan Manuel Díaz Organitos
  • General retirado del Ejército Mexicano
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