Caminar la ciudad –aún bajo los inclementes rayos solares o embelesados en los irrepetibles atardeceres- siempre nos ofrece imágenes que complacen la mirada, que nos llevan a pensar o reflexionar cómo es que la vida se presenta cada día, cada instante.
El jueves (antier, 16 de julio) día de la Virgen del Carmen, pasé frente a la catedral, ahí en la Matamoros, y vi a danzantes y creyentes católicos profesando su fe y rendirse para, creo yo, agradecer y pedir favores.
Respetable. Lo anterior me llevó a recordar que, en diferentes rumbos de Torreón y Gómez Palacio, lo mismo en el centro o primeros cuadros que en colonias cercanas o alejadas y en ejidos, hay cada vez un mayor número de templos, parroquias, casas de oración, recintos de culto con la denominación “iglesia”.
El catolicismo es la religión que aglutina a la mayoría de la población, si bien hace meses observo por aquí y por allá esas alternativas para el alma.
Desconozco, lo confieso, información y detalles de la cantidad de congregaciones que existen en la ciudad y, por supuesto, en la Laguna.
De continuo veo a representantes mormones, de los Testigos de Jehová, de la Luz del Mundo y de La Universal en la vía pública, si hay oportunidad platico un rato con ellos y ellas.
Me invitan a leer sus publicaciones, me han regalado infinidad de impresos cuyo contenido me ubica un tanto en lo que representan y plantean.
Pienso que católicos y no católicos, creyentes y escépticos, librepensadores, ateos, personas de muy diferente condición social y económica estamos ávidos de vivir de otra forma y manera, sin tantas broncas ni problemas, sin tanto escepticismo en casi todo y en todos.
Cada quien elige según sea, por qué no, su bagaje cultural, su preparación, su fe, su esperanza, su optimismo o realidades, sus valores y su formación familiar y personal. Cada quien, pese a ignorarlo, esgrimimos una cosmovisión y dogmas.
De ahí desprendemos o no nuestra inclinación a tal o cual idea, pensamiento e ideología, y hasta a los partidos políticos.
Quizá no hemos podido desentrañar estas circunstancias que nos envuelven y por eso caminamos zigzagueantes, con altibajos, sin atinar a ser mejores personas, mejores amigos, mejores hermanos, mejores familiares y mejores ciudadanos.
Son tiempos de estrés, de alteraciones, de provocar problemas que no existían, fricciones reales y ficticias, situaciones que nos lastiman y desaniman, nos hieren. ¿Para qué vivir así?
¿Qué podemos hacer? ¿Cómo sanar y estrechar relaciones sociales, vecinales, laborales, profesionales, ciudadanas, familiares, amorosas, libres de tantas dudas, escarnio y muy cuesta arriba? ¿No nos cansamos de criticar? ¿De estar golpeando al otro, a los otros?
En Torreón, en la Laguna, que es donde tenemos el privilegio de vivir, de respirar, de amanecer, de pensar, soñar e intentamos resolvernos (así dicho), es tiempo de dar paso a un constructo social más amable, o menos dividido y rijoso, más plural y justo, y deshacernos de favoritismos que solo han estratificado una historia que debiera ser diferente y no ésta, lastimosa para muchísima gente.
Los parámetros sociales son desequilibrantes y si mantenemos la forma y el fondo de lo hasta hoy acentuado, dejaremos de lado la posibilidad inmensa de hacer y ser, en efecto y en los hechos, una mejor ciudad, región y estado que podamos presumir en términos reales.
Procuremos que la población, los gobernantes, los empresarios, los comerciantes, los agricultores, los obreros, los intelectuales, los creadores, las instituciones y dependencias oficiales, seamos capaces de darle un giro y un mejor rumbo a Torreón y a la Laguna.
Dejo por separado la referencia a la conocida “intelligentsia” artística cultural, obligada ética y moralmente a reivindicarse y poner el ejemplo de civilidad, madurez y responsabilidad para llevar al infinito la riqueza, talento, diversidad y pluralidad creativa de propios y extraños.
Yo espero, deseo, que directivos, dirigentes, hacedores de las más variadas expresiones artísticas y burocráticas del quehacer cultural se respeten, se hagan respetar, se hagan reconocer por lo que saben y aportan y dejen de lado las prácticas de lo que la esfera política acostumbra: simular y disimular.
La geografía artística y cultural de Torreón y la Laguna, reiterativa en casi todo, requiere nuevos impulsos, ser rebautizada, provocar tentaciones, narrar en primera, segunda y tercera personas y levantar el vuelo inalterable, imperturbable, sencillamente alejado de la trivialidad.
Que deje de ser previsible y reconstruya los caminos, los puentes, los diálogos, la cercanía, la amistad, la comunicación circular y hacer posible, alcanzar y tocar la utopía realizable de una modernidad que nos engulle.
¿Podemos creer en esto o nos mantenemos alejados y aparentemente en silencio?