Como todos los años, el segmento de alto nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas reunió a más de un centenar de presidentes, primeros ministros y cancilleres, y fue el escenario de múltiples reuniones sobre el conjunto de los temas más apremiantes de la agenda global.
A 81 años del establecimiento de la Organización, el panorama dibujado por el Secretario General Antonio Guterres es sombrío. A cien días de dejar el cargo, destacó la profundización de la polarización global, reflejada en la incapacidad de forjar consensos para hacer frente a conflictos internos e internacionales y atender la vulnerabilidad extrema de millones de personas.
Los discursos ante la Asamblea General sirven como barómetro del estado del mundo. Si bien marcan la pauta sobre las prioridades que cada país impulsará a lo largo de los próximos meses, casi sin excepción están dirigidos fundamentalmente a sus respectivas audiencias nacionales. Muchos refrendan un compromiso con el multilateralismo y la cooperación internacional, que frecuentemente no se refleja en el cumplimiento de compromisos previamente asumidos, tanto financieros como políticos. Algunos destacan la disfuncionalidad de un sistema construido sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial que ya no responde a las realidades actuales, acompañados por llamados a reformas de gran calado que las realidades del poder y los candados impuestos por la propia Carta de la Organización no permiten realizar.
La parálisis de la Guerra Fría y el breve período de optimismo y colaboración tras su fin, han dado lugar a fracturas acentuadas por las tensiones entre miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Diversos actores responsables de la comunidad internacional buscan formas de ordenar el desorden, tarea dificultada por fuertes embates unilateralistas, claras violaciones a la Carta y el debilitamiento progresivo de normas de derecho internacional que nunca han sido plenamente respetadas, incluyendo por sus principales arquitectos y promotores.
Es dentro de este estrecho margen de maniobra que los países que fincan sus estrategias de política exterior en enfoques colaborativos tienen que moverse para demostrar la vigencia del multilateralismo, siempre constreñidos por las realidades geopolíticas inmediatas.
Ante la tendencia natural de imponer clasificaciones que den sentido a la distribución del poder mundial, México siempre ha buscado el mayor grado de autonomía posible. De esta manera, durante la Guerra Fría, nuestro país no se sumó al Movimiento de Países No Alineados, si bien acompañó el proceso como observador activo en momentos álgidos de la política internacional, y navegó con dificultades su pertenencia al llamado Grupo de los 77 integrado por países en desarrollo. A finales de los años setenta y principios de los ochenta buscó liderar un diálogo Norte-Sur y un ambicioso Nuevo Orden Económico Internacional que, en la práctica, no fructificaron.
Hoy surgen llamados a la actuación conjunta de llamadas “potencias medias” o de un “Sur Global” cuya heterogeneidad en cuanto a perfiles, valores y visiones globales, limita su capacidad de acción colectiva y efectiva. En contraste, iniciativas mexicanas ante escenarios globales complejos, desde la lucha contra el desarme y el cambio climático hasta la pacificación en Centroamérica, pasando por el desarrollo del Derecho del Mar, han demostrado que México tiene mayor capacidad de acción cuando ejerce una diplomacia creativa con el mayor grado de autonomía posible, construyendo coaliciones de geometría variable acordes con las circunstancias del momento y siempre fincadas en los principios rectores de la Carta de la Organización.
La participación mexicana en los foros y pasillos neoyorkinos debe ser analizada tomando en cuenta este contexto y antecedentes. En un entorno polarizado que no permite cambios de gran calado, iniciativas prácticas y acotadas como las emprendidas con Noruega para impulsar reformas a la ONU, y, con Francia, para restringir el ejercicio del veto ante atrocidades masivas, son ejemplos de lo que una diplomacia realista puede, y debe, impulsar y multiplicar.
La continuidad en la línea de respaldo humanitario a Cuba expresada por el Gobierno de México ante la Asamblea General se complementa con la disposición manifestada a contribuir a esfuerzos para cerrar diferencias en América Latina y el Caribe sobre la base del diálogo y la concertación, como también lo demuestran los encuentros sostenidos con los cancilleres de Argentina y Perú. Ante el discurso del Presidente de Estados Unidos, México recordó, sin estridencias, las bases sobre las cuales desarrolla la cooperación, sin subordinación. De la misma manera, la condena explícita al uso de la fuerza en las relaciones internacionales y los llamados al respeto de la integridad territorial de los Estados y la protección de civiles ante todo conflicto fueron contundentes. No obstante, hacia adelante, encontrarán mayor eco cuando se reflejen en posicionamientos sobre situaciones específicas, incluyendo los conflictos en Ucrania e Irán.
La cobertura de la participación de México en la Asamblea General abre la puerta a una conversación saludable y necesaria sobre nuestra política exterior, muchas veces ausente del debate público. Más allá de los discursos, será en sus acciones y logros concretos a partir de los cuales deberá medirse su efectividad.