Los jóvenes mexicanos quieren aprender

Ciudad de México /
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Hace unos días se dieron a conocer los resultados de la prueba PISA 2025 de la OCDE, la cual mide las habilidades de los estudiantes de 15 años en matemáticas, lectura y ciencias en diversos países. Para sorpresa de pocos, México volvió a salir reprobado.

Apenas 30 por ciento de los estudiantes alcanza las competencias mínimas en matemáticas. Lectura y ciencias, la proporción ronda 50 por ciento. El promedio de los países de la OCDE fue de 65, 69 y 74 por ciento, respectivamente.

Lo más preocupante es la tendencia. En las tres disciplinas evaluadas, México obtiene hoy una puntuación menor que la de 2009. No se trata de un tropiezo aislado. Desde que empezamos a participar en PISA, en 2000, nos hemos ubicado entre los últimos lugares de la OCDE. En este periodo hemos tenido gobiernos del PAN, PRI y Morena, y ninguno ha logrado cambiar la historia.

Para ser justos, México no es el único que ha retrocedido. El promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias también es hoy inferior al de 2009. El deterioro educativo ha sido generalizado y suele atribuirse a las secuelas de la pandemia y a los efectos de las redes sociales. Pero, como dice el dicho, mal de muchos, consuelo de tontos.

Paradójicamente, hay una métrica en la que México sí destaca: la valoración de la educación. Ocho de cada diez jóvenes mexicanos manifiestan curiosidad por aprender, por encima del promedio de la OCDE. Sólo uno de cada diez considera que la escuela es una pérdida de tiempo, menos de la mitad que el promedio de la organización. Es quizá el dato más frustrante de todos. Los jóvenes mexicanos valoran la escuela. Es el sistema educativo el que no les corresponde con calidad.

Frente a estos resultados, el gobierno descalificó la prueba como “limitada”. En lugar de medir más y mejor para entender qué está fallando, la 4T ha optado por lo contrario. López Obrador desapareció el INEE, el organismo autónomo encargado de evaluar la calidad educativa, y desmanteló buena parte del sistema de evaluación existente. Hay que reconocer, al menos, que México permaneció en PISA. De otra manera, ni siquiera sabríamos lo mal que estamos.

No veo cómo vamos a mejorar devolviéndole a la CNTE control sobre parte de los ingresos y sobre la asignación de plazas, mientras que se debilitan los mecanismos para evaluar el desempeño de los maestros. Tampoco veo la solución en libros de texto que privilegian lo ideológico sobre lo académico, ni en planes de estudio desconectados de los retos que enfrentarán los estudiantes en un mercado laboral dominado por la inteligencia artificial. PISA mide justo algunas de las habilidades que serán clave en esta nueva era: entender y razonar.

Las consecuencias van mucho más allá del salón de clases. La educación es uno de los principales motores de movilidad social. Los jóvenes mexicanos quieren aprender. Falta que el sistema educativo les dé la oportunidad.


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