No que las llamadas rotaciones empezaban el jueves 15 de octubre? Pues en mi casa, desde el martes 13, ya no hubo agua. Y con todo lo que eso implica para la vida cotidiana, especialmente cuando supuestamente estábamos avisados.
El caso agua es una larga aventura que me ha tocado a fondo.
En septiembre de 2003 inicié mi labor profesional en Guadalajara, en una estación de radio. ¿El primer tema que abordé, comenté y analicé? El agua.
Veintitrés años después, seguimos prácticamente igual.
He recorrido El Zapotillo, el río Santiago y el río Verde. He realizado reportajes de todo tipo en el área metropolitana, incluso me he metido en alcantarillas. He entrevistado a especialistas. Escuché diagnósticos, propuestas y explicaciones de quienes saben cómo enfrentar el problema.
¿Y qué tenemos hoy? Una ciudad con problemas de calidad del agua y ahora también con incertidumbre sobre el abasto.
Hay algo que tengo muy claro: la crisis no se resuelve echando chorros ni lanzando gases lacrimógenos. La gente tiene derecho a manifestarse y merece ser escuchada. Y corresponde a las autoridades investigar a fondo si hubo excesos y abusos. Esa es su responsabilidad.
Y aquí está el fondo del asunto: se han gastado miles de millones de pesos en proyectos, estudios y obras. Sin embargo, el problema persiste. Después de tantos años, tantos anuncios y tantas promesas, la solución sigue sin llegar como debería.
¿La respuesta es quitar el agua para que no haya problemas? Pues no. El problema no desaparece cuando cierran la llave. Se traslada a las casas, a las familias, a los negocios y a la vida diaria de millones de personas.
Esto no puede normalizarse en una ciudad que hasta hace unos meses presumía de ser mundialista, anunciaba conciertos y se vendía como un gran escaparate ante México y el mundo.
Porque una cosa es organizar espectáculos y otra muy distinta garantizar los servicios básicos.
Guadalajara presume de grandes eventos, pero hoy sus habitantes tienen que preocuparse por algo elemental: abrir la llave y que salga agua.
Veintitrés años después de aquel primer análisis, seguimos preguntando lo mismo. Y mientras las autoridades acumulan explicaciones, la ciudad sigue padeciendo.
Guadalajara no necesita más propaganda. Necesita agua. Y la necesita ya.