Elecciones en Brasil, las coordenadas del futuro

Ciudad de México /
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Luis M. Morales

La primera vuelta de las elecciones en Brasil el domingo 4 de octubre se esperaba un resultado muy apretado entre dos punteros y avanzar a una segunda vuelta que se llevará a cabo el 25 del mismo mes. Lo que no se esperaba y fue una sorpresa monumental para los participantes y analistas de todo signo ideológico, fue que quien quedó como vencedor de esa jornada fuera la opción en ultraderecha liderada por Flávio Bolsonaro con 47.03 por ciento de los votos respecto a 45.16 por ciento de Lula da Silva, representante de la alianza de izquierda centrista actualmente en el poder. Ese apretado porcentaje de diferencia representa 2 millones 225 mil votos en un universo electoral de 158 millones 745 mil 463 personas habilitadas para votar en ese país. De ahí que la diferencia, aunque mínima, implica una movilización monumental para remontar hacia un resultado de parte del oficialismo (Lula) o marcar un triunfo contundente del giro a la derecha (Bolsonaro).

Pero la sorpresa de la noche no sólo fue el resultado que dejó a Lula da Silva en segundo lugar, sino sobre todo y por encima de toda previsión, el triunfo avasallador que multiplicó los escaños de la ultraderecha en ambas cámaras (diputados y senadores), además de gubernaturas que dividieron literalmente el mapa de Brasil en dos. El sur, que se conoce sobre todo como la zona agroindustrial, a favor de la ultraderecha (azul) y el norte y nordeste, la parte de mayor concentración de población negra del país, a favor de la opción de izquierda centrista (rojo).

La pregunta ahora es ¿qué parte no vio nadie? Porque ni el oficialismo previó el avance de muchos de sus adversarios que dejaron a algunos de sus candidatos más reconocidos fuera de un cargo, ni la ultraderecha salía de su sorpresa al obtener triunfos tan abrumadores como casos donde los diputados más votados, con más de 3 millones de sufragios cada uno, Ferreira y Pavanato, ambos de 28 años, influencers de redes sociales y con una agenda marcada por la mano dura contra la criminalidad (al estilo Bukele). O el caso de Eduarda Campopiano, 23 años, la diputada más votada del estado de San Pablo con una agenda antifeminismo y en la línea del movimiento internacional que aboga por la idea de la mujer casta y dedicada a cuidar de la familia. Sus posiciones procolonialistas y abiertamente racistas fueron eje de su campaña.

Probablemente las encuestas no previeron este giro aún con lo cerrado de la contienda por la vergüenza de los entrevistados a señalar sus preferencias por modelos de sociedad que suelen ser percibidos como retrógradas desde una visión moderna. Salvo el caso de los votantes evangélicos pentecostales muy presentes en la vida social y política del país que desde hace ya varios años se consideran un voto a la derecha precisamente por esta visión más conservadora de la vida, pero ese voto estaba previsto como parte del resultado esperado de esa primera vuelta.

Hay algunos puntos que tampoco se vieron y que contaron enormemente en la intención del votante de manera más profunda que los temas amplificados mediáticamente como el ataque a la santa patrona de los católicos Nuestra Señora de Aparecida, que dividió a la opinión pública; la decisión presidencial de sancionar las apuestas digitales como un intento de aliviar el endeudamiento familiar que la ludopatía ha producido en esa sociedad y, la cancelación del debate entre candidatos en la cadena O Globo que organiza dichos encuentros. Todo eso parecía que tendría algún impacto en las preferencias de los votantes, lo cual simplemente no se trasladó al día de la elección.

Hay reflexiones que van más allá que muestran que las elecciones en Brasil están experimentando un cambio radical no solo de mapa político sino de una sociedad cuyos valores, estilos de vida y aspiraciones, están en conflicto dado que muestran a una sociedad que se divide frente a grandes temas, pero también en lo más íntimo. Por ejemplo, un punto que es controversial para la discusión latinoamericana es el papel que ocupa la intervención estadunidense en la política y en este caso, directamente en las elecciones. En lo visible, Estados Unidos es el gran elector, presionando permanentemente con imponer (e impuso) aranceles, atentando simbólicamente al poder presidencial y generando tensión a los mercados, lo cual se tradujo en posiciones favorables a Lula da Silva en un primer momento, pero también, en un desgaste y un golpeteo constante de parte de la comentocracia y empresariado que aun siendo el más beneficiado del acuerdo que logró Lula, es abiertamente favorable a Bolsonaro. Tal vez por eso, el tema de la soberanía como bandera no aglutina a todos. Se trata de una sociedad (como ocurre en nuestro continente) donde el modo de vida americano como idealización es una referencia para medir a la propia sociedad y, por lo tanto, el impacto del trumpismo como expresión cultural es mucho más fuerte de lo que se pensaba en Brasil. Los cambios sociales apuntan en ese sentido y en una orientación más alineada con ese modelo no sólo en lo político sino también en lo social. Obviamente esa es la crisis que hoy vive no sólo Brasil, y en el mismo país una mitad no avala el intervencionismo ni celebra que las banderas de Estados Unidos y de Israel sean parte del escenario de campaña, pero muchos otros lo reivindican como un ideal a seguir y al cual sumarse.

Más allá de lo que ocurra en las próximas tres semanas en la intención de remontar el resultado de una primera vuelta a nivel presidencial, el mapa político ya es otro. Lo importante es que ambos modelos y visiones de país ya se conocen porque Lula es completamente predecible en su propuesta de gobierno incluida su capacidad para hacer alianzas y generar acuerdos y Bolsonaro, mostró lo que se anuncia que vendrá, la privatización como modelo económico, la liberalización de portación de armas, menor inversión pública (95 por ciento de recortes), la deforestación del Amazonas, la oferta de tierras raras al mejor postor, y la implantación de un modelo educativo que, como ya se hizo, refrende valores negacionistas de avances científicos a todas luces innegables.

Lo que más se oirá en estas tres semanas de campaña frontal de parte del oficialismo que abandera Lula, será la advertencia sobre el modelo maxiliberal en lo económico y ultraconservador en lo social que puede implantarse para el país y de lo que solo una mitad está de acuerdo, y de parte de la alianza que acompaña a Bolsonaro veremos refrendar su condición de ser la oposición y con eso, luchar contra el continuismo, ser el cambio, la mudanza, el futuro. Pronóstico reservado.


  • Leticia Calderón Chelius
  • Doctora en Ciencias Sociales por FLACSO-México. Profesora e investigadora del instituto Mora y estudiosa de los derechos políticos en escenarios de migración internacional.
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