La presidencia de Donald Trump no ha obtenido los mejores resultados en su relación con el mundo. El escenario internacional se ha vuelto cada vez más complejo. El premio Nobel Paul Krugman lo ha expresado con dureza: “Estados Unidos se ha vuelto cada vez más irrelevante”. A su juicio, Irán enseñó a otros gobiernos a no temer el poderío estadunidense; a China y la industria de las criptomonedas, a desafiar su control financiero; y a Ucrania, a sobrevivir sin su respaldo.
México ha resultado un aliado eficaz para Trump en la contención migratoria y en la seguridad de la frontera. La participación de las autoridades mexicanas se refleja en la disminución de cruces indocumentados y en el trasiego de narcóticos. También ha habido entendimiento en el combate al crimen organizado vinculado al fentanilo. La coordinación entre ambos gobiernos ha permitido avances.
Sin embargo, los desacuerdos del gobierno mexicano con el presidente Trump persisten y son de fondo. Las dificultades de Estados Unidos en el mundo terminarán por endurecer su política hemisférica y por reafirmar una visión basada, ante todo, en sus intereses económicos y de seguridad nacional. México carece de condiciones para contener una embestida de tal naturaleza. La dependencia económica es abrumadora y el margen para la confrontación, prácticamente inexistente. Trump mantiene la presión arancelaria y ha sembrado incertidumbre sobre la continuidad efectiva del T-MEC. Además, a pesar de la colaboración, en seguridad, persiste el lenguaje de amenaza de que México debe hacer mucho más.
A ello se suma un asunto toral que enrarece la relación: la incomprensible resistencia del gobierno mexicano a arrestar e investigar a funcionarios de Sinaloa bajo sospecha de ser parte de los cárteles.
El problema no es solamente la retórica del presidente Trump, sino la vulnerabilidad de México frente a ella. Mientras Washington eleva sus exigencias, aquí se protege a políticos señalados por su subordinación con el narcotráfico. Esa contradicción debilita la posición mexicana y facilita decisiones unilaterales. La impaciencia del vecino será cada vez más difícil de contener mientras México no pueda acreditar, con hechos y resultados, su compromiso con la legalidad y el Estado de derecho.