El sistema de partidos está en dificultades. Todos comparten el mismo reto, ganar votos. El problema es que ese objetivo se ha convertido en un fin en sí mismo y ha dejado atrás la razón de su origen y sentido de proyecto político. En el caso de Morena, que hoy gobierna, el desafío es doble: por un lado, construirse como partido con vida propia, independientemente del gobierno; por otro, conservar el poder ganando elecciones. El problema es que el partido se vacía de contenido cuando quien termina definiendo su causa, su rumbo y sus decisiones no es la organización, sino el gobierno.
Para los partidos aliados al oficialismo el reto es diferente. Primero, no perder identidad y propósito a partir de la alianza con el partido gobernante. No es sencillo, la visión del socio mayor casi siempre es de desdén y hasta de desprecio. Nunca había sido tan notorio como en estos tiempos porque a diferencia del pasado inmediato ha llegado a Morena una corriente con una fuerte carga doctrinaria. Muchos parten de la idea del partido histórico y el único que representa al pueblo, lo que dificulta la relación con sus aliados y empuja a la oposición hacia la basura política.
PRI, PAN y MC entienden la necesidad de ganar elecciones; incluso saben que la disputa se libra más en el territorio que en los espacios de debate nacional, sean los medios o el Congreso. El eventual registro de nuevos partidos sería deseable, aunque incierto. Por su componente local, las elecciones intermedias ofrecen el mejor entorno; la pluralidad es una realidad y, más allá de la pretensión del régimen de recrear el partido hegemónico, la disputa por el poder local abre espacios a la diversidad partidaria, sin ignorar la preocupante interferencia del crimen organizado.
Es fundamental que el INE cuente con todos los elementos para desahogar una elección especialmente compleja por la concurrencia de la elección judicial. La realidad plantea a la oposición dos ejes nacionales con proyección local: el rechazo al centralismo que ha hundido al país en la violencia y ha llevado a muchos gobiernos locales a la precariedad; y la responsabilidad histórica del régimen morenista por la creciente influencia del crimen organizado en la
vida pública.