Esta semana corrió como pólvora la triste noticia que el dictador nicaragüense, Daniel Ortega, quiere eliminar para siempre las elecciones en Nicaragua. He estado muy nostálgica por el pueblo nicaragüense y porque cada día veo más lejano regresar de visita a mi tierra natal (el gobierno no me permite la entrada). Y para colmo, —aunque parezca algo menor— tengo resaca mundialista. Así que decidí alegrarnos el viernes y traerles una columna acerca de los piropos. Hace unos días estuve chateando con mis amigas banqueras, Melissa y Maricarmen, acerca de los jugadores guapos del Mundial. Entre las tres concordamos que son el español Ferrán Torres, el árbitro eslavo que pitó la final y el guapérrimo inglés Jude Bellingham (que quede claro, no le llega a los talones a mi marido). Jude, además de excelente jugador tiene una personalidad magnética, habla varios idiomas y su sonrisa emana un encanto arrobador. Su empatía es tal que al final del legendario partido entre México e Inglaterra abrazó e intercambió camisetas con nuestro querido Morita. De México no se quedan atrás Santiago Jiménez y Memo Ochoa.
En los tiempos que corren, hay personas con la piel muy delgada que se ofenden con los piropos pero son parte de la cultura latinoamericana e ibérica. Mientras no sean groseros y no agredan deberíamos de celebrarlos como una manifestación ingeniosa de nuestros pueblos: tienen metáforas y símiles que nos desternillan de risa. Empecemos a divertirnos.
En Venezuela para piropear a una rubia se le dice “Catirita linda, ojitos de palomita de agua” y a una mujer pequeña pero guapa: “Epa, mami, pareces una casita de INAVI, chiquita pero con to’”.
Los colombianos recitan: “Mi amor, usté es to’ lo que necesito para ser feliz” y si se ponen más jocosos: “Mamita, quien fuera cemento para agarrar ese monumento”. En la República Dominicana se utilizan anglicismos: “¡Diablo, doña! Qué bumper pa’ yo estrellarme con to’” y la comida siempre es protagónica: “¡Diablo mami, tú ehtá’ má’ buena que el arroz de la’ doce.” Los ecuatorianos dirían: “Si tú fueras Coca-Cola y yo un hielito, no me toques cariñito, que me derrito.” Los argentinos tienen mucha inventiva: “Perdoná, ¿vos existís o es sólo imaginación mía?”, “Pará ¿estoy hablando con una diosa?”, “Disculpame, se te cayó, ¿eh?, el papel que te envuelve, bombón”. Los nicaragüenses, con su acento aspirado, son poetas populares: “Bendito sea el chofer de este bus que te trae a mi camino”, “Adiós, carne de mi nacatamal”. Los mexicanos tienen un talento fuera de serie, hace años salía de mi oficina en el Centro, iba vestida de verde y un joven me gritó: “Si así estás de verdecita, ¿cómo estarás de madurita?” No pude dejar de reír. En España, los andaluces sacan el primer lugar: “Si la belleza matara, tú no tendría’ perdón de Dio’”.
Amigos, espero haberles sacado una sonrisa y recuerden, piropear es un arte (dejé varios en el tintero por cachondos). La vida es demasiado corta para no sonreír con ellos.