Lo que no sabemos

Ciudad de México /
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La noticia de que el mapa del mundo que siempre habíamos mirado no dimensionaba el mundo real primero me dejó en shock y de inmediato me poseyó un frenetismo bárbaro por entender qué ocurría. Resulta que el mapamundi con el que estudiamos geografía —y que hasta hace algunas semanas creíamos verdadero— se basaba en la proyección de Mercator, ¡creada en 1569! El mapa fue muy útil para la navegación debido a sus direcciones y ángulos, pero tiene un defecto que no podíamos pasar por alto: agranda las regiones conforme se acercan a los polos y reduce visualmente las cercanas al ecuador. Groenlandia se ve inmensa, casi del mismo tamaño que África, cuando sus dimensiones reales son de 2.2 millones de kilómetros cuadrados frente a 30 millones de África. Es decir, África es 14 veces más grande que Groenlandia, el continente se agiganta ante nuestros ojos. ¡También es más extensa que Rusia! Estados Unidos resulta un país más pequeño de lo que siempre habíamos supuesto. 

A inicios de septiembre, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución en la que recomendó utilizar —sobre todo en contextos educativos y de comunicación— mapas que representen de manera más fidedigna el tamaño relativo de las masas terrestres, por ejemplo, Equal Earth. Debemos la iniciativa a los países africanos —encabezados por Togo— que se unieron para decirle al mundo que su continente es más grande de lo que pensábamos. La resolución fue aprobada por 164 votos. Estados Unidos fue el único país que votó en contra, por considerarla un “radical ideological project”. El presidente de ese país dibujó en su cuenta de X a “América” como la unión de México, Canadá y Estados Unidos. El debate mundial ha girado en torno a temas de racismo y supremacía.

A lo largo de la historia creímos a pie juntillas que todo giraba alrededor de la Tierra, que las sangrías eran el mejor tratamiento para las enfermedades y que el átomo era la unidad última, por mencionar algunas. Ahora estamos convencidos de la “verdad” acerca de la inevitabilidad de la vejez, de los asuntos nutricionales y alimenticios —incluidas las inyecciones para bajar de peso— y de la clasificación de las enfermedades mentales, por mencionar otras. 

Mientras mi mente encajaba las piezas del rompecabezas leí la novela de Boualem Sansal, 2084: El fin del mundo. La distopía alude a 1984, de Orwell, pero el autor inventa un mundo que ha sido tomado por el fanatismo religioso, el totalitarismo, la pérdida de la libertad y, sobre todo, la manipulación de la verdad. Mis pensamientos entran y salen de 2084 y la novela no deja de darme vueltas en la cabeza. Si el mundo no sabía que su “fotografía” estaba distorsionada, ¿qué otras cosas creemos que no son verdad? El tema filosófico es amplísimo, empezando por el significado de “verdad”. Del terreno universal me voy al ámbito personal: ¿qué creemos saber de las personas cercanas a nosotros? Da miedo pensar que son perfectas desconocidas o que interactuamos con sus doppelgängers.


  • Ligia Urroz
  • Nicaragüense-mexicana de naturaleza volcánica. Transita entre la escritura, la música y el vino. Sommelier de vida. Publica su columna Desde el volcán los viernes cada 15 días en la sección M2.
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