El 12 de agosto España vivió el primer eclipse total de Sol en más de 100 años. La cortísima noche duró 1 minuto y 45 segundos y recorrió gran parte de la Península: desde Galicia hacia la Comunidad Valenciana y luego Baleares hasta zambullirse al mar. El eclipse entró por A Coruña a las 19:30. Yo estaba con mi familia (y amigos que son familia) en Ligonde, un pueblo muy pequeñito en Lugo, a la vera del Camino de Santiago: un sitio fascinante y lleno de energía. El paisaje rural gallego —bosques mixtos de robles, coníferas, urces, encinares, chopos, prados verdes y hortensias silvestres—, las vacas rubias, los gallos y las gallinas, los gorriones y los mirlos fueron nuestros compañeros de aventura. Temíamos no verlo ya que el momento de totalidad sería alrededor de las 20:30 horas con el Sol muy bajito en el horizonte. ¿Y si nos tapaba algún árbol y no estábamos en el mejor lugar? Además, las condiciones meteorológicas serían cruciales: los chubascos o incluso el cielo vestido de nubes —de esas guapas que surcan el firmamento gallego— podían impedir el espectáculo. Una reportera de El País escribiría al día siguiente que en Galicia “el fenómeno astronómico se vio donde se dejó ver”.
Presencié mi primer eclipse solar en Ciudad de México —el 11 de julio de 1991 a las 13:24— en el Centro Histórico, en la azotea del banco donde llevaba tres meses trabajando como analista. La ciudad se oscureció durante más de seis minutos y aquel eclipse se convirtió en uno de los eventos astronómicos más largos y magníficos del siglo XX. Recuerdo el fenómeno como algo prodigioso e imborrable: no circularon los autos, las actividades cotidianas se paralizaron, se escuchó el aullido de algunos perros callejeros, sorprendió el vuelo de las aves urbanas que buscaban amparo para dormir. Los habitantes del Valle de México mirábamos al cielo y sentimos un frío repentino al descender la temperatura en pocos minutos. En el segundo eclipse solar total de mi vida, en el pequeño pueblo de Ligonde el espectáculo fue más corto que el de México, pero vivirlo fuera de la ciudad, desde la Galicia rural, fue una experiencia distinta. Cerca de la totalidad del eclipse la luz se tornó naranja y el aire cambió de densidad. Los pájaros empezaron a sobrevolar y a refugiarse en los árboles mientras trinaban, gorjeaban y chirriaban. Podíamos sentir el olor de la boñiga de las vacas. Cuando el eclipse alcanzó la totalidad los humanos gritamos de emoción para luego, por unos segundos, quedar estupefactos en un silencio colectivo, con lágrimas rodando por nuestras mejillas, extasiados por el portento.
Vivir el eclipse fue un privilegio: presencié uno de los actos más bellos del universo en un lugar extraordinario. Hay personas que jamás han experimentado el asombro que pervive tras un fenómeno de tal magnitud. En el archivo de mi memoria quedarán resguardadas las emociones individuales y colectivas, el pasmo y la perplejidad de un evento único en la existencia.