La denuncia social como opción alternativa a los sistemas institucionales ha fungido de manera importante a través de la historia.
Ha tenido manifestaciones artísticas a través de novelas como la clásica Fuenteovejuna, la música a través de Víctor Jara y hasta la caricatura de Quino; todas en un esfuerzo que llama a difusión.
Hoy las redes sociales sin duda facilitan este aspecto y la denuncia, como parte de un movimiento civil por vías no jurídicas, se ha adaptado. Un caso muy reciente es el de las protestas en Colombia, donde las manifestaciones ciudadanas se acompañaron de denuncias por redes sociales, a través de videos en vivo en los que narraban los sucesos en tiempo real y con breves explicaciones de los antecedentes.
Para el feminismo, movimiento con teoría y una trascendencia que se mide fácilmente en siglos, la denuncia también ha representado una de las acciones con mayor fuerza en los últimos años. Si bien, se encuentra fuera de los marcos legislativos y jurídicos, esta representa una de sus críticas ante los pocos resultados en resolución de justicia que dichos sistemas han retribuido a las víctimas; al mismo tiempo, se convierte en una fortaleza al no requerir un largo proceso burocrático que revictimiza y se permea de una misoginia profunda al arrastrar la idea de que las mujeres merecen incredulidad en sus declaraciones (visiblemente no se pudo en duda la brutalidad militar en los disturbios colombianos).
Desde el #MeToo hasta los recientes tendederos por las paternidades abandónicas, las activistas han establecido una facultad importante en la denuncia que se convierte en una propuesta para compensar los fallos del sistema gubernamental con una sentencia simple: le creemos a las víctimas.
Lol Canul
Twitter: @lolcanul