Para estudiar cualquier fenómeno, ya sea natural, social o cultural, es necesario establecer categorías taxonómicas que permitan ordenar los conocimientos para su referencia eficiente y precisa. No existen reglas universales para clasificar a las cosas, pero en todo estudio científico debe haber un criterio claro para establecer clases, categorías y grupos. Con ello es posible identificar sus similitudes y hacer observaciones con ayuda de la estadística para alcanzar conclusiones útiles.
Cuando observamos los comportamientos sociales y sus espacialidades en las culturas prehistóricas, no contamos con elemento alguno que nos guíe para su clasificación más que los hallazgos arqueológicos disponibles. Son las piedras, los huesos y algunos utensilios los que nos relatan la vida de nuestros ancestros más remotos. En algunos casos, también hay figuras pintadas, esculpidas e incluso escritas en los sitios arqueológicos, desde luego son estos los elementos que pueden acercarnos más a entender a las civilizaciones estudiadas.
Foucault ha hecho una enumeración de las heterotopías, de los “lugares otros”, que nos son sino aquellos sitios extraños, no habituales, pero presentes y yuxtapuestos en nuestras viviendas, comercios y lugares de trabajo. Estas también son categorías válidas para pensar las posibilidades de lo ajeno en nuestra vida cotidiana. La arquitectura de la antigüedad no pude clasificarse con criterios actuales ya que las culturas ancestrales estaban organizadas de maneras distintas a la nuestra. En muchas culturas mesoamericanas no existía una distinción clara ni tajante entre la religión, la ciencia y la política, como existe ahora, así que clasificar sus edificios como “palacios”, “templos” u “observatorios astronómicos” no sería realmente útil para comprenderlos.
Tangente
Con mucha frecuencia recurro al texto Las palabras y las cosas escrito en 1966 por el filósofo francés Michel Foucault, por su amplia exploración de la “arqueología de las ciencias humanas”.