Para habitar un espacio se requiere de una serie de objetos. Estos son los que establecen las diferencias entre los inmuebles, que tienden a permanecer fijos y los muebles, que pueden acomodarse de distintas maneras y sustituirse periódicamente por otros. Dentro de esta amplia gama de objetos se incluyen aquellos que son destinados al uso, como las mesas, sillas, camas, sofás, lámparas, etcétera y otros que forman parte de la decoración del interior de la casa, como adornos, obras de arte, fotografías familiares y todo aquello que carece de utilidad práctica, pero es necesario para la vida cotidiana.
Una casa o apartamento habitado por una persona o familia específica adquiere ciertos elementos que expresan la personalidad de sus habitantes. Incluso si estas mismas personas se mudan a otra casa o edificio, esos rasgos particulares suelen repetirse en su nueva vivienda. Si hiciéramos el ejercicio de fotografiar nuestros espacios personales a lo largo del tiempo, podríamos descubrir sin duda muchos aspectos de nuestras preferencias relacionadas con nuestra forma personal de habitar, las cuales se traducen en nuestros propios objetos.
Desde la perspectiva de los profesionales en arquitectura es un placer, al menos para mí, observar cómo las personas se “apropian” de sus espacios de vivienda y trabajo, cómo los transforman. Un mismo tipo de apartamento o estudio puede ser radicalmente diferente según quien lo habite. Debemos ser conscientes de que nuestra labor como arquitectos no consiste en intentar controlar la vida de las personas, sino producir espacios flexibles que contribuyan a la libre expresión de los gustos y rasgos personales de sus habitantes, sin crear ningún tipo de obstáculo para su pleno desarrollo.
Tangente
Habitar es un verbo, pero el espacio es un sustantivo, vivir dentro de un espacio diseñado como un objeto acabado no corresponde con la realidad siempre cambiante de la vida humana.