Los criterios de valoración de las obras arquitectónicas, basados en su eficiencia funcional y en su nivel técnico, al parecer reducen a la actividad proyectual una serie de reglas prácticas que deben aplicarse racionalmente. En este modo de concebir la arquitectura las características culturales de la disciplina aparentemente quedan relegadas a un segundo plano. Pero en sus fundamentos también las cuestiones de la práctica y de la técnica se pueden considerar como factores culturales.
Pensando en el trinomio de origen griego: poesía-práctica-técnica, que se aplica en general al estudio de las bellas artes, podemos observar que ninguno de los tres aspectos es independiente de los demás. Quizá el problema de lo contemporáneo radica en que se haya establecido una jerarquía entre estos tres valores. En ese caso, se estaría estableciendo una separación inexistente entre ellos, lo cual puede revertirse con un estudio cabal de las repercusiones y consecuencias de los espacios habitables en la vida de las personas.
Todo ello apunta hacia las consideraciones sociológicas de los sistemas arquitectónicos y urbanos, y la habilidad con la que los estudiosos los interpreten, de tal manera que se puedan difundir reflexiones que sean útiles para que las personas que ejercen la profesión puedan conseguir un mayor equilibrio entre las tres partes que componen su trabajo. Los proyectos más significativos alcanzan la excelencia simultáneamente en su concepción poética, en sus aspectos prácticos y en las técnicas constructivas que utilizan, y los tres aspectos se refuerzan mutuamente sin prevalecer ninguno por encima de otro.
Tangente
Durante el siglo XX, el pensamiento teórico de la arquitectura se concentró en los aspectos científicos de la construcción, en la eficiencia de los edificios basada en cuestiones tecnológicas, lo cual marginó otros aspectos como el significado y la identidad de los proyectos.