Esta semana, quiero platicarles sobre algo que puede ser contradictorio; China representa una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Mientras avanza vertiginosamente en inteligencia artificial, robótica, vehículos eléctricos, energías renovables y manufactura avanzada, enfrenta una amenaza silenciosa que ninguna innovación puede resolver por sí sola, el envejecimiento acelerado de su población.
La nación que aspira a liderar la economía del siglo XXI está perdiendo habitantes.
En 2025, su población disminuyó por cuarto año consecutivo y los nacimientos cayeron a 7.92 millones, frente a los 9.54 millones registrados en 2024.
La tasa de fecundidad se encuentra muy por debajo de los 2.1 hijos por mujer necesarios, en condiciones normales, para mantener estable una población a largo plazo.
Las proyecciones demográficas para 2030 anticipan una pirámide poblacional invertida, menos jóvenes ingresarán al mercado laboral, mientras aumentará la proporción de adultos mayores que requerirán pensiones, atención médica y cuidados.
No significa que China necesariamente enfrentará un colapso en esa fecha, sino que las presiones económicas y sociales podrían intensificarse considerablemente.
La tendencia ya está en marcha.
Aquí aparece la paradoja, China desarrolla robots para incrementar la productividad precisamente cuando comienza a necesitar más trabajadores para sostener su economía.
La inteligencia artificial y la automatización podrían compensar parcialmente la reducción de la fuerza laboral, pero no sustituyen completamente a los consumidores, los cuidadores ni a las nuevas generaciones que mantienen en movimiento el tejido social.
A este desafío se suma la dificultad de revertir décadas de cambios culturales, urbanos y económicos, así como las consecuencias de la antigua política del hijo único.
El elevado costo de la vivienda y la crianza, junto con nuevas prioridades personales, desalientan la formación de familias numerosas.
El problema trasciende las fronteras chinas.
Una transformación demográfica de semejante magnitud puede modificar el comercio mundial, las cadenas de suministro, el ahorro, el consumo y el equilibrio económico internacional.
La gran pregunta no es si China logrará automatizar su economía, sino si podrá transformar su extraordinaria capacidad tecnológica en una respuesta suficientemente rápida a su profunda transición demográfica.
Aquí la tecnología solo nos va a ayudar en generar los análisis precisos para tomar las decisiones adecuadas.